América despierta

Otro punto de vista sobre estas latitudes

Abr 27 2013

Bachelet a la carga

Por Níkolas Stolpkin, analista de asuntos políticos y culturales

Bien sabemos que la Derecha conservadora en Chile no va a resolver los problemas existentes en lo que se refiere a la educación. Al contrario: la han de amortiguar o agudizar, pero no por capricho alguno, sino por la naturaleza ideológica propia de su ADN.

Pronto habrán elecciones presidenciales y los candidatos a la presidencia ya están desplegando sus fórmulas propagandísticas en cuanto a diversos temas para de algún modo poder acaparar futuros votos. Siendo el tema de la Educación como uno de los puntos prioritarios de sus agendas propagandísticas.

Para el futuro votante no existe mucha alternativa para optar por un candidato o candidata que realmente quiera resolver lo que los movimientos sociales en Chile hoy demandan. La propaganda desplegada por la “clase política dominante” se presenta significativamente dividida únicamente entre dos partes. Todo lo demás es aire; lo que no quiere decir que en un futuro no muy lejano ese “aire” pueda de algún modo “solidificarse”.

Queramos o no, el tema de la educación será uno de los que los candidatos deberán abordar para poder ir a conquistar al futuro votante. Por tanto, la única alternativa suave que le hace sentido a esos potenciales votantes, que querrían ver resultados positivos a los problemas en la educación, u otros asuntos singulares, no podría ser otra que la alternativa, lamentable, del “mal menor”: Michelle Bachelet.

Pero no por tener –los potenciales votantes– alguna simpatía o cercanía con ella, sino porque: por un lado, ese potencial electorado, no querría nuevamente que la derecha vuelva a gobernar y, por otro, no ve con buenos ojos que la derecha conservadora pueda hacerse cargo de resolver lo que demandan los estudiantes.

No podemos vaticinar los resultados de la próxima elección presidencial, eso sería caer en lo que ya muchos han definido como política de ciencia ficción, pero sí podemos traducir el ambiente y dar ideas de lo que podría pasar si uno de los dos bloques llegara nuevamente al poder político en Chile.

Bachelet y la clase dominante: La clase política dominante conoce bien la baja popularidad que tienen en una ciudadanía que dejó de creer en ellos hace rato, y poco a poco ve aumentada esa impopularidad a grados insospechables. La clase económica dominante, por otra parte, sabe bien que necesita de una clase política que le garantice “estabilidad” política y económica y así poder desenvolverse sin obstáculos significativos.

No podemos, por tanto, estar ajenos a ciertos movimientos de piezas que puedan darnos una idea de lo que “tras bambalinas” se proyecta.

A pocos días de arribar Michelle Bachelet al escenario político nacional –declarada candidata presidencial–, y junto con ello el enfoque significativo que han tenido los medios a cada una de sus declaraciones, poco a poco se va dilucidando un posible “consenso” en la clase económica dominante para que su figura nuevamente pueda posicionarse y retomar la administración del gobierno.

La impresión existente en el ambiente con respecto a su figura, en relación con los medios, es que Bachelet está convertida en la figura que “habla” y sus contrincantes en las figuras que  “replican”.  Impresión que, inclusive, podría ser bien notado en los potenciales votantes de la derecha conservadora. La presencia significativa de Michelle Bachelet en los medios no es mera “casualidad”. Las primeras planas, titulares, exclusivas relativas a la figura de la ex mandataria, no son ninguna casualidad, sino que obedecen a ciertos intereses.

Si el tema de conversación gira en torno a la figura de Michelle Bachelet, no es porque su figura sea “atrayente” sino porque los medios se han encargado de que así sea. ¿Cómo no hablar de Michelle Bachelet si los medios se han encargado de darle tribunas significativas desde su llegada a Chile?

Lo anterior nos llevaría a la famosa pregunta del por qué pasa esto.

Pues bien… los señuelos: Si bien con la llegada de la derecha conservadora a la presidencia la Concertación tuvo ciertos cambios desfavorables para la coalición, un nuevo gobierno de la derecha conservadora podría significar un “tiro de gracia” a la patética agonía que hoy sufre, terminando por sepultar a dicha coalición. Pero a la clase económica dominante en ningún caso le gustaría un escenario político con una Concertación sepultada y un vacío político por llenar, ni siquiera a la misma derecha conservadora.

Es a ese vacío, precisamente, que más le debe temer la clase económica dominante, ya que saben bien que podría ser llenado por nuevas fuerzas políticas y antagónicas a sus intereses, ansiosas por emerger.

Por tanto, no es ninguna casualidad que hoy los Medios parecieran estar pavimentando el camino para que la candidata presidencial Michelle Bachelet pueda nuevamente llegar al “Poder”. Y bien sabemos a qué intereses responden los medios.

Tanto es el significado que se le ha dado a la candidatura de Michelle Bachelet en los medios, que los contrincantes más parecieran ser “adornos replicadores”, sin ideas ni propuestas. A tal punto que su figura poco a poco ha ido entrando en la categoría de progresista, para de cierta manera querer satisfacer la sed de los movimientos sociales.

Pero más que traducir la insatisfacción y el descontento popular, la candidata Michelle Bachelet está haciendo un burdo “copy&paste” para apropiarse de las demandas populares con un fin meramente electoral. Algo que ni la derecha, debemos agradecer, ha querido siquiera explotar.

Michelle Bachelet y su séquito de ningún modo están queriendo “escuchar”, más bien han optado por explorar propagandísticamente los “bajos instintos” del vulgo. No por nada se tiene como eje principal a la Educación y, junto con ello, su frase propagandística fin al lucro (desplegada inicialmente por los estudiantes movilizados, y teniendo como ñapa la “gratuidad progresiva”).

Conforme aparecen los puntos claves de campaña de Michelle Bachelet, más tenemos la impresión de que su proceder más se parece a la de un pescador ansioso tirando el anzuelo con diversos señuelos para poder de alguna forma “pescar” a todos los pescados que hay dentro del río.

“Fin al Lucro”, “Reforma tributaria”, “Nueva Constitución”, “Fin al Sistema Binominal”, “Aborto terapéutico”,  aplicación de la Ley Antiterrorista un “error”, “AFP Estatal”, etc. van conformando los diversos señuelos para acaparar apoyo en las próximas elecciones.

Lo preocupante es que dichos señuelos son tan complejos de llevar a cabo que, teniendo a la actual clase política dominante, se hace una tarea –diríamos– imposible de llevar a cabo o querer resolver. Por tanto, no nos debemos extrañar si mañana Michelle Bachelet incorpore a su campaña presidencial más señuelos como bien podrían ser la “Re-Nacionalización del Cobre”, “Matrimonio Homosexual”, “Legalización del Consumo de Marihuana”, las “Re-Nacionalizaciones del agua y la electricidad” o hasta un nuevo sistema de transporte que pueda sustituir al “Transantiago”.

El problema no es que Michelle Bachelet y su séquito levanten dichos señuelos y quieran tener una apariencia progresista. El problema es que ya conocemos a su   séquito que, tal como levanta la derecha, estuvieron “20 años” en el “Poder” y no hicieron cambios profundos a lo que ahora quieren levantar frente al pueblo y los movimientos sociales.

Michelle Bachelet ¿a quién quiere engañar con todo ese despliegue de señuelos electorales?

Está bien. Quiere “Fin al Lucro”, “AFP Estatal”, “Fin al Binominal”, etc., pero ¿qué nos asegura que el parlamento ahora sí dará luz verde a todos los señuelos a los que hoy los ciudadanos están expuestos? Seamos honestos, además. Michelle Bachelet quiere lo que quiere, pero ¿cómo lo quiere? Todo pareciera indicar que, como “buen político”, todo lo que quiere tiene “letra chica”; todo es ambiguo:

– Fin al lucro. El concepto es atractivo a primera vista: “fin al lucro a toda la educación”, pero no te dice que a lo que se refiere más que nada es “fin al lucro con los recursos estatales” o a los que reciben recursos estatales. No quiere decir que el lucro habrá de acabar en la Educación Privada.

– Nueva Constitución. Otro concepto atractivo a primera vista, pero que no te dice que a lo que realmente se refiere es a hacer una reforma a la Constitución, de la misma forma como el “socialista” Ricardo Lagos Escobar la hizo en su momento (2005).

– Gratuidad Universal. Concepto atractivo a primera vista, pero que no te dice “avanzar hacia la gratuidad universal” en la Educación o “educación gratuita progresiva”, concepto que suele utilizar la Derecha conservadora para calmar la efervescencia de los estudiantes movilizados.

– Reforma Tributaria, Fin al Sistema Binominal, AFP Estatal, Voto en el Extranjero. Conceptos igualmente atractivos a primera vista, pero que no te dice que para lograrlos se necesitan un quórum suficiente en el parlamento para llevarlos a cabo.

Michelle Bachelet debería entender una cosa: nos cansamos de esta clase política vende patria que en estos últimos años nos ha gobernado.

Nos cansamos de la Concertación; nos cansamos de la Alianza. Ninguno en el gobierno ha querido sintonizar con las demandas populares, todos han querido sintonizar con el interés particular de la clase económica dominante.

Lo mejor que podría hacer Michelle Bachelet es darse una vuelta por el país y tantear el terreno. Tres años afuera no le da el derecho a venir con arrogancia a decirnos que está dispuesta ahora a “escuchar” y en un “santiamén”, sin haber recorrido el país, nos venga con las “soluciones”,  pero que se darían sólo si “votase por mi”.

Estuvo cuatro años en el “poder” y… ¿escuchó a los estudiantes? ¿Escuchó que no se quería el sistema binominal? ¿Escuchó que el pueblo no quería más la constitución de la dictadura?

Pero ahora quiere que le compremos su falsa “empatía”; quiere que le compremos que ha sabido comprender lo que demandan nuestros movimientos sociales.

¿Tendrá los suficientes ovarios, por ejemplo, como para ir a hacer campaña electoral a las zonas devastadas por el terremoto y tsunami del 27 de Febrero del 2010? ¿Tendrá los ovarios suficientes como para presentarse en Dichato, Constitución o Talcahuano?

¿Tendrá los suficientes ovarios como para ir a marchar junto a los estudiantes que reclaman Fin al Lucro y Educación Gratuita para todos?

Voto con Consciencia: Queramos o no, existe una masa con principio de consciencia política y otra sin ningún principio de consciencia política. Ambas pueden ejercer su derecho a voto, pero la apatía por la clase política dominante es tal que observa todo lo demás con mucho escepticismo y desconfianza. Ambas son un desafío para las nuevas fuerzas políticas que se quieran posicionar y apartar del presente status quo.

Y es un hecho:
Gracias al actual voto voluntario, el descontento por la clase política dominante nuevamente se habrá de ver reflejado en los altos índices de abstención de las próximas elecciones presidenciales. De eso no puede haber duda, a menos que se quiera modificar la ley para tapar la actual putrefacción.

Entiéndase bien.
Votar por Michelle Bachelet (por el “mal menor”) en las próximas elecciones presidenciales será prácticamente votar por prorrogar el emerger de nuevas fuerzas políticas, ansiosas por entrar a terreno. Y votar por la Derecha será apostar de cierta manera por agudizar el ambiente y ponerle fin a la agonía de la Concertación.

Un nuevo gobierno de la Derecha Conservadora terminaría por sepultar a la Concertación y dejaría un vacío político el cual tendría que ser aprovechado y ocupado por nuevas fuerzas políticas, antagónicas al actual status quo.

Entonces la pregunta que debemos tratar de contestar es… ¿queremos realmente prorrogar el emerger de nuevas fuerzas políticas o queremos agudizar el ambiente y ponerle fin a la agonía de la Concertación?

Tratemos de contestar la pregunta apartando cualquier emoción o sentimiento que salga a nuestro encuentro. Contestemos y actuemos con frialdad. El corazón aquí no habrá de resolver nuestros dilemas o problemas.

Por más difícil que puedan ser nuestras decisiones, debemos siempre apostar por el futuro.

Un voto con consciencia puede ser más peligroso y decisivo que un voto por mera simpatía ideológica o mera inclinación instintiva.

Un voto sin consciencia es un acto tan infantil que nunca habrá de valer lo que el acto valiente de una abstención con consciencia.
Una abstención sin consciencia es tan infantil como un voto sin consciencia.
De nuestras decisiones puede estar la clave de nuestro futuro.

Tomado de Sur y Sur

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Abr 10 2013

Cuántos pobres hay tras un millonario

“Al tener más millonarios en el ranking ¿somos mejores? Una pregunta que puede tener una respuesta: evidentemente somos mucho peores. Por cada millonario el resto somos más pobres, el país es más desigual y menos libre”, explica el autor de este artículo de la prestigiosa revista chilena Punto Final.

Por Paul Walder

El país, como efecto de su modelo económico que a su vez es consecuencia de su sistema político e institucional instalado hace casi cuarenta años, se ha consolidado como paraíso para millonarios y multimillonarios. Si recordamos el último ranking de la revista Forbes publicado hace poco más de un mes, veremos que Chile es el país perfecto para ser y hacerse millonario. No sólo hay millonarios que han pasado a ser magnates, sino que cada año son más los que ingresan a este ranking .

Para ellos, es el paraíso neoliberal. No hay lugar con una mejor institucionalidad para un millonario con pocos o cero impuestos para sus siderales ganancias. Los grupos chilenos que aparecen en Forbes, que se cuentan con los dedos de una mano, duplicaron sus fortunas en los últimos cinco años. Si consideramos que la economía chilena creció durante ese periodo a una tasa del cinco por ciento promedio, éstos lo hicieron por lo menos unas tres veces más. Y así sigue: el año pasado estos grupos (Angelini, Matte, Luksic, Piñera y Paulmann) aumentaron sus riquezas desde unos 40 mil millones de dólares a más de 50 mil. En proporción, crecieron más de un 25 por ciento en un año en circunstancias que la economía chilena aumentó poco más que un cinco por ciento.

Al tener más millonarios en el ranking ¿somos mejores? Una pregunta que puede tener una respuesta: evidentemente somos mucho peores. Por cada millonario el resto somos más pobres, el país es más desigual y menos libre.

Bajo el actual modelo económico, que tiene a gran parte de la población endeudada para sobrellevar los gastos cotidianos como educación, salud y hasta los servicios básicos, por cada dólar que va a parar a las arcas de estos multimillonarios, Sebastián Piñera incluido, alguien en Chile lo pierde. Esta no es una creación de riqueza sino una transferencia de riqueza. Si alguien le dijera robo, no estaría lejos de la realidad. Un robo institucionalizado en la usura del retail y el crédito, pero bien disimulado y maquillado como afectuoso consumo con frases perversas como “Te ayudamos a pasar marzo” o somos tan generosos que “te aliviamos la mochila”.

Partamos de una base muy simple: el PIB chileno de 2012, que alcanzó a más de 316 mil millones de dólares. Una torta nada pequeña, de la que unas diez familias han sacado 51 mil millones, o el 16,1 por ciento de ella. Esto es lo que se denuncia como desigualdad. Pero a los datos de la encuesta Casen, del Banco Mundial, la OCDE y otros organismos que han medido la concentración de la riqueza en Chile, se le agregan otros estudios que llevan este indicador a niveles de obscenidad social y económica.

Un muy reciente estudio de los economistas de la Universidad de Chile Ramón López, Eugenio Figueroa y Pablo Gutiérrez nos dice que dentro de la concentración existe algo así como un núcleo más duro e hiperconcentrado. Es en el uno por ciento donde realmente se concentra el ingreso, fenómeno que casi no tiene parangón en otro país, “ni en Estados Unidos ni en Japón ni en Inglaterra el 1% de la población de un país goza de tanta participación de la riqueza de su propio país (…) En términos internacionales éstas son las más altas participaciones que se conocen. Aun excluyendo ganancias de capital o utilidades retenidas, la participación del 1% más rico es la más alta registrada dentro de una lista mucho más amplia de alrededor de 25 países, para los cuales esto se ha medido”.

Ante este proceso de concentración de la riqueza y, cómo no, del poder, es nuevamente necesario preguntarnos cómo se sostiene un fenómeno de estas características o hasta qué punto ese 99 por ciento aceptará que el uno por ciento de la población (unas 160 mil personas) se apropien cada día de más riqueza a costa del sacrificio y dolor del resto. La respuesta está en la calle, por lo que podemos decir que se trata de un modelo en crisis, por lo menos para los 15 millones 840 mil restantes.

No vamos a enumerar ni profundizar más las cifras de la desigualdad, las que hoy pueden verse en las ciudades y el campo chileno. Sí sería necesario mencionar a la clase política chilena como herramienta y arma de aquel uno por ciento. La historia reciente, que registra la instalación y reforzamiento del modelo que ha sido capaz de consolidar estas injusticias, nos muestra con meridiana claridad cómo y quiénes son los responsable de tal engendro social.

Pero los antecedentes no sólo están en el pasado. Pese a estos datos de abismal desigualdad, nuevamente el Ejecutivo y Legislativo tramitan un salario mínimo que es una expresión directa de la inequidad, en tanto otros muchos, ante el desastre del sistema educacional, siguen con su hipócrita defensa al lucro en la educación, otra máquina para la transferencia de riqueza a ese minúsculo grupo de multimillonarios.

Si éste es el presente, el futuro no es mejor. El duopolio que ha administrado el país desde hace casi 40 años ofrece dos postulantes para noviembre: un ex ejecutivo y ex mano derecha del uno por ciento y una ex presidenta con características de gatopardo.

Tomado de Punto Final

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Abr 05 2013

LA HISTORIA A ESPALDAS DE UNA ESTATUA

¿Caupolicán o El último de los mohicanos? El curioso secreto de la estatua del fiero guerrero que vigila la ciudad de Santiago de Chile desde su emplazamiento en un peñón del cerro Santa Lucía. Existe una polémica al respecto. Hay indicios de que  no representa la imagen del guerrero mapuche, y que su autor, Nicanor Plaza, se basó en un indio norteamericano.

A propósito de las dos notas que subí al blog anteriormente sobre la llamada cuestión mapuche, un asunto por cierto de los que más duele y sangra en nuestra América, les participo esta historia, impregnada de lo real maravilloso y por tanto, digna de figurar –si ya no lo está— en la literatura fantástica que tan bien caracteriza a Latinoamérica y el Caribe, tierras de mitos y leyendas corporizadas en la realidad cotidiana——————————————————————————————————————

“Caupolicán” constituye una de las obras más famosas de Santiago y de todo Chile, además de ser la popularmente más conocida del pionero de la escultura chilena, Nicanor Plaza (1843-1918), el mismo autor de los desaparecidos perfiles de bronce con los rostros del Monumento de los Historiadores de la Independencia, junto a varias otras piezas ornamentales de la ciudad.

Hay algo solemne en esta figura que, por décadas, se ha creído retrata a nuestro Hércules araucano, el mismo toqui que se echara al hombro un tronco durante toda una noche, motivando a don Alonso de Ercilla a registrar su epopeya en “La Araucana”.

Su musculatura perfecta y enérgica semeja los estudios de maestros renacentistas como Miguel Ángel o Leonardo, como homenajeando la anatomía ideal del ser humano. Es tan fuerte y expresiva la posición en que se encuentra el personaje, con un arco en sus manos (o una chueca, según otros), y una masa y un carcaj de flechas en el suelo, que incluso desplazó las tradicionales figuras del caudillo indígena con el pesado tronco a cuestas, convirtiéndose en la más conocida y recurrida las representaciones de Caupolicán. Fue el icono utilizado, por ejemplo, en la época de gloria del Teatro Caupolicán de calle San Diego, y también por las históricas Farmacias del Indio, que estaban en Alameda Bernardo O’Higgins esquina Ahumada.

Aparentemente, la estatua estuvo en el Salón del Yeso de París de 1868, pero fue presentada como “Caupolicán” recién en la Exposición de Artes e Industrias de 1872, que se realizó durante la Intendencia de Santiago don Benjamín Vicuña Mackenna, con el flamante edificio del Mercado Central como parte de la muestra. En el certamen ganó la medalla con el primer lugar. Han existido desde entonces varias copias del “Caupolicán”. La más contemplada quizás sea la del Museo de Bellas Artes, pero una de las más famosas fue instalada en el Estadio Nacional, otra en la Escuela de Carabineros y otra más en el Club Hípico, la más conocida de Santiago después de la que está en el cerro. También se la colocó en dependencias de la Universidad del Bío-Bío, en Concepción, y en el Parque de Lota donde parece estar la original hecha en Francia y que sirvió a los moldes. Hay algunas en manos de particulares y anticuarios, al parecer. Sin embargo, la más popular y “oficial” es la estatua de bronce del Cerro Santa Lucía, sobre la roca que señalaba el antiguo camino por el Desfiladero del Paraguay (en la cara poniente del cerro).

Observando el “Caupolicán” del Club Hípico, ubicado más bajo y accesible a la vista del observador que el del Santa Lucía, se advierte la firma de Plaza en la base, junto al pie derecho del personaje. Del otro lado, en el pie izquierdo, confirmamos en la rúbrica del fabricante que la fundición de la obra quedó en manos de la casa francesa Thiebaut et fils, la misma que fundió la estatua de Diego Portales de la Plaza de la Constitución..

Esta instalación habría tenido lugar hacia 1910 según la información de la que disponemos, a propósito de las obras de hermoseamiento de la ciudad para el Primer Centenario de la Independencia de Chile. Fue el colega de Plaza, don Ricardo Richon Brunet, académico de la Escuela de Bellas Artes y Secretario General de la Exposición Internacional del Centenario, quien propuso colocar allí la figura. Desde ese momento, la presencia de la estatua fue tan determinante en este lugar que la Terraza del ex Castillo González, en la cara Sur del cerro, pasó a ser llamada Terraza Caupolicán, como se la conoce hasta nuestros días, aunque Oreste Plath sugiere en “El Santiago que se fue”, que este patio-mirador ya había sido bautizado con el nombre del héroe indígena cuando se fundó allí el viejo Teatro Santa Lucía, pasados sólo dos años de la inauguración oficial del paseo, por el lado donde estaba el restaurante.

Por muchos años, sin embargo, llamó la atención de los observadores más atentos el aspecto de la estatua, sospechándose desde temprano que parecía representar más a un indígena norteamericano que a uno sudamericano; mucho menos a un mapuche, tanto por sus plumas como sus aros en las orejas. Aunque muchos se equivocan al creer que los indígenas de América del Sur nunca se emplumaban (a veces, algunos se colocaban un par de plumas a un lado de la cabeza para bloquear los rayos solares, durante la caza, o usaban diademas símbolos de jerarquía), ciertamente no lo hacían de la forma que aparece en la estatua, con un elegante penacho típico de las culturas pieles rojas de los territorios de Estados Unidos y Canadá. Entre los indígenas chilenos, esta costumbre fue tan extraña o definitivamente ausente que no dejó de convocar dudas legítimas la presencia de este detalle en la figura del Caupolicán de Plaza.

Hubo muchos incrédulos sobre la representación del toqui araucano en esta imagen, entonces. Joaquín Edwards Bello y Ernesto Greve, por ejemplo, creían que se trataba de un mito o de un engaño. En marzo de 1942, el poeta Carlos Acuña escribió un artículo en Las Últimas Noticias donde sostenía que la estatua nunca había sido Caupolicán, sino un indígena de América del Norte. Hacía notar, además, que un cacique de apellido Huaquimir tampoco había reconocido a este “Caupolicán” como su auténtico congénere, tanto por la estructura física del representado como por el penacho o tocado de plumas que lleva sobre la cabeza. Tampoco se explica por qué razón se había adoptado culturalmente la figura de la estatua como la representación más popular de los indígenas de este territorio, pese al evidente desajuste con el aspecto físico y la indumentaria que ellos usaban.

Cabe comentar que una de las leyendas que corrieron sobre el origen de la obra, por ejemplo, decía que el gran mecenas de Nicanor Plaza, el empresario del carbón Luis Cousiño Squella, se la había solicitado mientras el artista estaba en Francia, pidiéndole expresamente que representara a Caupolicán, pues iba a ser instalada originalmente en Lota. Sin embargo, por un error en los embarques o por una prisa en entregarla, la que llegó a Lota no era del caudillo indígena, sino la representación de un indio norteamericano. Para evitar dilatar las cosas y no caer en controversias, simplemente se la bautizó de todos modos Caupolicán y se le estimó como tal.

Otra leyenda, aun menos histórica, dice exactamente lo contrario: que en Estados Unidos se habrían apropiado de la imagen de nuestro Caupolicán para mostrarla como representación de sus propios indígenas locales en una estatua del Central Park de New York similar a la nuestra. Esto parece altamente improbable, sin embargo, y más digno de un cuento de fanatismo antiyanqui.

Acuña tenía otra explicación: la obra llegó en 1891 a Chile desde París, como regalo de Nicanor Plaza para el Presidente José Manuel Balmaceda. En vista de los infaustos sucesos de aquel año, terminó en alguna bodega esperando que alguien se acordase de ella. Pasado un tiempo, la estatua fue a parar a una de las salas de La Moneda. Durante la Presidencia de Pedro Montt, don Luis Thayer Ojeda, curioseando en la base de la estatua, logró desprender una placa que cubría el nombre original grabado sobre el bronce. Esta plancha retirada decía “Caupolicán” y llevaba también el nombre de Nicanor Plaza. Para su sorpresa, abajo de ella decía en inglés: “El Último de los Mohicanos”, el famoso personaje de la novela de Fenimore Cooper, escrita en 1826. Según supone el escritor, la obra habría sido concebida originalmente, entonces, para algún concurso promovido por los Estados Unidos y para homenajear al último de los indios mohicanos, aunque según otras versiones corresponde a un indígena hurón. Efectivamente, existe al menos una copia más en Chile de esta estatua, en manos particulares, donde se encuentran estas dos placas en la base de la estatua, atornillada, una tapando a la otra con “Caupolicán” encima y “El Último de los Mohicanos” abajo.

Para Edwards Bello, sin embargo, la explicación es absurda, pues sería extrañísimo -sino imposible- suponer que se realizara en Francia un concurso destinado a homenajear a un personaje de origen piel roja norteamericano, algo culturalmente tan ajeno al romanticismo parisino. En Estados Unidos había suficientes buenos escultores como para proponer un certamen de tales características en el extranjero, y, si acaso éste iba a ser un regalo de la República de Francia para los norteamericanos, cabe recordar que, para entonces, ya contaban con un tremendo obsequio francés en New York: la famosísima Estatua de la Libertad, llevada allá en 1886, para el Centenario de su Independencia.

Cabe destacar, además, que en aquella fecha Plaza ya había retornado a Chile desde su primer viaje a Europa, en 1875, regresando a vivir al Viejo Mundo recién en 1899. Pensar, por lo tanto, que la mandó con alguna suspicacia o pillería desde Francia a Chile, no calza bien con los hechos cronológicos. Otras especulaciones dicen que sólo fue comprado en una subasta de París y que, traído a Chile, se le rebautizó con el nombre del caudillo araucano.

Creemos más factible que Plaza haya tenido intenciones de crear una estatua diseñada en principio para el Último de los Mohicanos, probablemente por algún pedido o concurso; pero en algún momento, la reorientó hacia un homenaje a Caupolicán. Esto no es extraño ni inusual: la estatua del Roto Chileno en Plaza Yungay, por ejemplo, fue un proyecto que Virginio Arias había titulado originalmente como “El Defensor de la Patria”, pero socialmente quedó asimilada con el concepto y la figura del roto chileno. Este hibridismo de Caupolitán queda manifiesto en los atuendos que lleva: mientras usa un penacho más propio de los pueblos pieles rojas, como hemos dicho, el taparrabo de la figura es más característico de los pueblos australes, simulando la piel de un puma, incluso con una extremidad con garras colgando al frente.

Desde entonces, se debate y se discute sin cesar sobre la identidad del Caupolicán de la estatua, y en relación a quién es el verdadero retratado en ella. Algunos hablan directamente de un fraude; otros creen que fue sólo una “broma” de Plaza. Hay quienes prefieren pensar que la única explicación de todo se halla en la idealización del escultor sobre la imagen del indígena chileno, de atuendos demasiado sencillos para una caracterización apolínea, como la que ven miles y miles de visitantes de nuestro Cerro Santa Lucía anualmente, convencidos de estar observando al toqui mapuche y no a otro personaje.

Bien sea Caupolicán o el Último de los Mohicanos, no cabe duda de que la posición de esta estatua es de una solemnidad sobrecogedora en el paseo del ex Cerro Huelén. Por las tardes, el Sol del crepúsculo cae sobre ella en una de las postales más hermosas que ofrece el Cerro Santa Lucía y la ciudad de Santiago entera, desde el mirador situado a un lado del peñón que la soporta.

Como epílogo incierto para este misterio, corresponde comentar que, hacia el año 2007, una estatua ofrecida como la original del Caupolicán de Plaza enviada a Lota, apareció en venta por unos particulares de la ciudad de Concepción, según información con la que contamos. Y en las fotografías publicadas por un conocido portal de ventas por internet aparece claramente, en el pedestal a los pies de gallardo indio emplumado, la inscripción en letras de estilo gótico: “The Last of Mohicans”. Es decir, “El Último de los Mohicanos”.

Tomado del blog: http://urbatorium.blogspot.com (sobre historia urbana y cultural de Santiago de Chile)

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Abr 05 2013

El mapuche invisible

Por Ricardo Candia Cares, de Punto Final

Reducidos, los sobrevivientes pasaron de ser un pueblo libre, a vivir como campesinos apretujados, pobres, vencidos, y por sobre todo, invisibles. Los esfuerzos integradores del Estado convirtieron al mapuche en mano de obra para servir en las ciudades y en los nuevos latifundios. La sociedad chilena asumió su labor rectora enseñando a los chilenos a relacionarse con los sobrantes de su guerra civilizadora, como si fueran personas que no son y casi sin ningún derecho.

No es cosa nueva la militarización del territorio mapuche. La primera edición de las “gestas pacificadoras”, en la década de 1860, estuvo a cargo del ejército cuando el Estado decidió que esas tierras merecían otros dueños y que los indios eran una molestia que había que extirpar. El ministro de Guerra de la época, Federico Errázuriz, instruyó al general Pinto, el héroe que dirigió las operaciones: “…haga uso de las armas i hostilizarlos de manera que juzgue más prudente para castigar su rebelión, arrebatarles sus recursos i debilitarles hasta dejarles en la impotencia…”. Y en el caso de rendirse, y como prueba de buena fe, los caciques debían entregar al ejército a uno o dos de sus hijos como rehenes, los cuales al cabo de cierto tiempo deberían ser cambiados por otros, para impedir que la separación de sus padres debilitara el cariño recíproco.

La derrota mapuche de noviembre de 1881 define el modo en que el Estado se vinculará en lo sucesivo con los sobrevivientes: sin verlos. La idea de los poderosos de entonces era no sólo ocupar sus territorios, sino que acabar con lo que llamaban “la raza mapuche”. Y a partir de entonces, se intentó su inexistencia, creyéndolos evaporados después de los últimos fusilamientos.
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Reducidos, los sobrevivientes pasaron de ser un pueblo libre, a vivir como campesinos apretujados, pobres, vencidos, y por sobre todo, invisibles. Los esfuerzos integradores del Estado convirtieron al mapuche en mano de obra para servir en las ciudades y en los nuevos latifundios. La sociedad chilena asumió su labor rectora enseñando a los chilenos a relacionarse con los sobrantes de su guerra civilizadora, como si fueran personas que no son y casi sin ningún derecho.

Para los codiciosos de entonces esas extensiones, ahora sin dueños, fueron un botín jugoso. Una sociedad acababa de ser desarticulada por los cañones y los fusiles de repetición y grandes fortunas del centro del país se financiaban con esas tierras arrebatadas a sangre y fuego por el ejército.

Y entonces se descubrió que esos indios desarrapados que afeaban la vista, esparcidos sin saber dónde ir y qué hacer, no se parecían al indio audaz y valiente de la literatura, de las leyendas, de las historias de valor y resistencia al invasor de que hablaban las escuelas y discursos.

Un famoso homenaje al mapuche es una estatua de bronce que, a mediados del siglo XIX, concibió el artista chileno Nicanor Plaza. Nacida con el anglosajón nombre de “The last of Mohicans”, para un concurso que los homenajeaba, ese indio con tocado de plumas, arco y flecha, no figuró. Pero el artista, para no perderlas todas, le cambió el nombre y se la ubicó en una de las terrazas del cerro Santa Lucía. Desde entonces se llama “Caupolicán”. Otro homenaje quedó estampado el año 1904. Con letra de Eusebio Lillo, nuestra Canción Nacional advierte que “con su sangre el altivo araucano, nos legó por herencia el valor…”. Esas descripciones propias de Alonso de Ercilla o de Pedro de Oña, fueron objeto de merecimientos, honores y referencias épicas. Mas no el bárbaro trashumante y hambriento que quedó en el limbo del no ser.

Esta dicotomía ha definido la relación que la cultura dominante ha tenido con “lo mapuche” desde esas no tan lejanas y heroicas jornadas que el general Pinto describe en su memoria del año 1869, y que tuvo su punto máximo de emoción en noviembre de 1881, cerca del actual Temuco.

Por una parte, los sobrevivientes de la guerra pasan a ser tratados como miserables perdedores sin merecimiento alguno, y, por otra, el mapuche idealizado por la literatura y las leyendas, fundadores de una raza por cuyas venas corre sangre de guerreros sin par, son exaltados como dignos descendientes de Caupolicán, Galvarino, Colocolo y otros héroes que tal vez ni siquiera existieron, pero que son mucho más presentables que esos que andan por ahí.

Lo que reverbera hoy en esas tierras, con su lúgubre reguero de muerte y sufrimiento, son los ecos y reflejos de una guerra en la que el mapuche fue vencido pero que desde esas ruinas sobrevivió por esa misteriosa fuerza vernácula que tienen todos los pueblos del mundo para negarse a la derrota eterna y para luchar por su derecho a ser.

Por eso, a duras penas, el mapuche sigue siendo. Aunque la sociedad ganadora, prepotente y codiciosa, determine su invisibilidad por medio del desprecio con forma de leyes que las fuerzas armadas y de orden aplican con fruición y buena puntería, a la espera de refuerzos.

El mapuche sigue invisible para el que no quiere verlo. Y las muertes y sufrimientos que de tarde en tarde se toman el territorio, se explican por esa dualidad interesada de la sociedad chilena, por esa óptica perfeccionada en 130 años de desprecio y ceguera.

Publicado en Punto Final, edición Nº 775

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Abr 05 2013

En clave mapuche

Por Raúl Zibechi

A fines de enero una comisión de solidaridad con el pueblo mapuche, integrada por chilenos y latinoamericanos, visitamos a los presos Héctor Llaitul y Ramón Llanquileo en el penal El Manzano, en las afueras de Concepción, y en la cárcel de Angol, unos 50 kilómetros al sur. El motivo de la visita fue denunciar la situación de los presos que llevaban 79 días en huelga de hambre, así como visibilizar la realidad de un pueblo perseguido en una Araucanía militarizada.

La comisión estaba integrada por cinco premios nacionales, el presidente de la Iglesia Evangélica Luterana, el presidente del Colegio Médico, un ex juez y un diplomático, dirigentes estudiantiles y sindicales, diversos intelectuales, la Pastoral Mapuche y la Comisión Ética contra la Tortura.

Llaitul y Llanquileo pertenecen a la Coordinadora Arauco Malleco, creada en 1998, focalizada en la recuperación de tierras ancestrales en manos de corporaciones forestales y de latifundistas. Los presos pusieron fin a la huelga de hambre el 28 de enero, cuando la comitiva se comprometió a poner en pie una comisión nacional e internacional de observación de los derechos humanos del pueblo mapuche que visitará el país en octubre.

El 3 de enero se difundió la Cuarta Declaración de Historiadores respecto de la Cuestión Nacional Mapuche, firmada por cientos de intelectuales en la que recuerdan que los hechos de violencia, que a menudo se atribuyen sólo a los mapuches, “tienen su punto de partida en la mal llamada ‘pacificación de la Araucanía’ realizada por el Estado chileno entre las décadas de 1860 y 1880, en violación de los acuerdos concluidos con los mapuches después de lograda la Independencia (1825)”.

Los historiadores señalan que el Estado de Chile ocupó a sangre y fuego la Araucanía y, utilizando los métodos más violentos y crueles, usurpó grandes extensiones de tierra indígena que subastó a bajo precio o regaló a colonos chilenos y extranjeros, confinando a los mapuches en pequeñas y míseras reducciones. Debe recordarse que sólo a los militantes mapuches se les aplica la ley antiterrorista del régimen de Augusto Pinochet por acciones que nada tienen que ver con esa figura, como la quema de plantaciones o de camiones que transportan madera.

La solidaridad nacional ha crecido sostenidamente en Chile, en particular desde la huelga de hambre de Patricia Troncoso entre octubre de 2007 y enero de 2008. Destaca la solidaridad de los estudiantes secundarios con las comunidades mapuche, quienes han creado una comisión para trabajar los vínculos abajo-abajo entre ambos movimientos. Pero el apoyo internacional es escaso, por eso es necesario dar un salto para romper el cerco de desinformación que ha tejido la democracia chilena contra los que resisten el modelo.

Pese al buen ánimo de los presos mapuche y del conjunto del movimiento, es fácil dejarse ganar por el desánimo al comprobar las divisiones, reproches y críticas cruzados que se escuchan en las diversas instancias que agrupan al pueblo mapuche, ya sea en las comunidades rurales o en los espacios urbanos. No es cuestión de reproducir aquí los motivos y argumentos de la fragmentación del mundo mapuche en resistencia, sino apenas constar un hecho y, sobre todo, intentar hacer una lectura distinta a la que realizan las academias y los partidos políticos.

Lo primero es constar que no hay ninguna organización, ni siquiera un espacio de coordinación, que aglutine a todo el pueblo mapuche. Se trata de un caso bien diferente de los que conocemos en el mundo andino, donde los quichuas ecuatorianos y los quechuas y aymaras bolivianos (además de los pueblos de tierras bajas) han construido grandes organizaciones representativas de sus pueblos. ¿Se trata de una ventaja o una desventaja del pueblo mapuche?

Lo segundo es que desde la década de 1990 nuevas generaciones han creado un sinfín de organizaciones urbanas y rurales, en lo que el historiador Gabriel Salazar denomina la sexta época de la guerra mapuche, iniciada en 1981 cuando arreciaron las protestas callejeras contra la dictadura. Esta nueva generación entronca con una larga historia que dice que el pueblo mapuche fue el único de este continente que derrotó a los incas y a los españoles, a quienes forzó a detenerse al norte del río Bio Bio.

Desde que fundaron el Consejo de Todas las Tierras y más tarde la Coordinadora Arauco Malleco, organización que se define autónoma y anticapitalista, nacieron decenas de organizaciones: de estudiantes, de mujeres, de jóvenes, deportivas, culturales, de historiadores, de pescadores, de comunicación; pequeñas y locales, con vínculos cara a cara, sin llegar a crear una gran organización que aglutine a todos.

Tercero, hacen política de una manera diferente, que se traduce en soberanía o autonomía, como bien recuerda Gabriel Salazar. No se miran en el espejo del Estado, ni para conquistarlo ni para construir organizaciones a su imagen y semejanza. Quizá, seguramente, porque el Estado siempre fue algo externo al pueblo mapuche. Nunca se sintieron, ni se sienten, chilenos. No enarbolan la bandera de Chile sino la propia, la que heredaron de sus antepasados. Su lucha se referencia en una memoria de sí mismo casi sin paragón en el mundo, en la que se estratifican no sólo una sino cinco a seis épocas de guerra a lo largo de seis o más siglos de historia (Movimientos sociales en Chile, Gabriel Salazar, p. 119).

Llegados a este punto, podríamos decir: pese a la fragmentación, resisten. ¿No será al revés? Porque no crearon un aparato único (estadocéntrico) es que siguen siendo uno de los pueblos que resisten la cooptación de derechas e izquierdas. ¿Será cierto que la unidad y homogeneización facilitan la domesticación de los movimientos antisistémicos? ¿Tendrá razón el EZLN? La historia del pueblo mapuche enseña que para luchar, y para vencer, hace falta voluntad comunitaria de lucha; pero no un aparato que encumbre caudillos, anule las diferencias y las autonomías.

Tomado de La Jornada

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Mar 29 2013

Bachelet es candidata

La ex mandataria chilena renunció a su cargo en ONU para postularse. Dijo que hay que repensar el modelo de desarrollo.  “Estoy frente a ustedes dispuesta a asumir este desafío, he tomado la decisión de ser candidata”, afirmó. Regresó de Estados Unidos y hará campaña para las elecciones presidenciales de noviembre.

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Michelle Bachelet competirá en las internas en mayo. La semana próxima tiene agendados encuentros en Montevideo con el ex presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y el presidente uruguayo, José Mujica. Entre aplausos de sus adherentes y tras haber dejado su cargo en Nueva York como directora de las oficinas de ONU-Mujeres, la socialista realizó el anuncio, que había generado gran expectativa entre sus simpatizantes y las filas del oficialismo y otros partidos de oposición.

“Con alegría, con determinación y con mucha humildad he tomado la decisión de ser candidata”, remarcó la ex mandataria al inaugurar una muestra fotográfica sobre su gestión entre 2006 y 2010. La ex jefa de Estado, que ejerció los últimos tres años como directora de ONU-Mujeres, y evitó hasta ahora ligar su imagen a los líderes políticos de la oposición, sumidos en el descrédito en encuestas. “La desigualdad es ética y políticamente inaceptable. Tenemos que repensar nuestro modelo de desarrollo”, agregó. La dirigente, que dejó el poder en 2010 con un 80 por ciento de apoyo, es quien concentra más de la mitad de la intención de voto entre once candidatos y fue quien asumió los errores y falencias de los gobiernos democráticos, en especial en materia de equidad social. “Estoy decidida a convocar a una nueva mayoría, no va a ser fácil. Sabemos que desde el retorno a la democracia, Chile ha tenido progreso y crecimiento”, precisó Bachelet e informó el diario chileno La Tercera.

La ahora precandidata por el Partido Socialista, con apoyo del Partido por la Democracia (PPD), deberá competir en internas el 30 de mayo con otros tres postulantes de las otras fuerzas de la opositora Concertación. Contienda que se espera gane con comodidad.

La alcaldesa de Santiago y ex vocera de Bachelet, Carolina Tohá, le agradeció por su decisión de volver y le prometió el respaldo de sus adherentes en el propio aeropuerto, a su llegada a primera hora. “Estamos muy agradecidos por su decisión, necesitábamos que volviera. Estamos preparados, estamos listos para iniciar una nueva etapa”, indicó Tohá. En el oficialismo, cuyos candidatos están a 40 puntos de la ex presidenta en las encuestas, criticaron el legado de la ex mandataria, impulsora de mejoras en pensiones y seguridad social. “Durante el gobierno de Bachelet se consumaron los abusos más grandes y la pobreza aumentó”, expresó el presidente de la conservadora Unión Demócrata Independiente (UDI), el diputado Patricio Melero. “Su gobierno fue el peor”, insistió el parlamentario. El retorno de Bachelet a Chile rompió un silencio político de meses y para sus contrincantes se abrió una etapa de definiciones. “Creo que con esto termina el silencio. Ahora viene el tiempo de las ideas, debate y competencia”, dijo uno de los tres candidatos que enfrentará en elecciones primarias. En tanto, el analista Patricio Navia advirtió que el mayor flanco débil de Bachelet no va a ser lo que ella diga, sino que lo que digan los políticos de su coalición. “Tanto porque mostrarán divergencias importantes sobre las políticas que promoverán, como por el mensaje de renovación y recambio que querrá promover Bachelet”, añadió.

Bachelet, que anunció que construirá su programa en diálogos ciudadanos, llegó a un país sacudido por miles de protestas en los últimos tres años. Las manifestaciones, que derrumbaron el apoyo a los partidos de gobierno y de oposición por debajo del 20 por ciento, apuntan a la desigual distribución del ingreso en Chile y ofrecen como ejemplo que el 20 por ciento más rico de la población recibe mes a mes más ingresos que todo el resto de la población, en un país con un Producto Bruto Interno (PBI) por paridad de compra cercano a los 20 mil dólares per cápita.

Los hogares deben pagar hasta 800 dólares mensuales en las universidades públicas y la salud es la más cara de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), según diversos estudios.

“Creo que aún hay muchas cosas por hacer para que nuestro país sea un mejor país para todos y todas, y yo también quiero contribuir en eso”, sostuvo ayer la ex presidenta de Chile al arribara su país. Fue saludada en el aeropuerto por un centenar de simpatizantes que la recibieron al grito de “¡Se siente, se siente, Michelle presidente!” y por una treintena de dirigentes políticos de la coalición opositora de centroizquierda, aunque no hubo ningún presidente de los cuatro partidos que integran el conglomerado.

Tomado de Página/12

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Mar 29 2013

El salto a la política

Giorgio Jackson, el ex presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Chile. Candidato a diputado en las venideras elecciones

Por Ruben Andino Maldonado

En su nuevo rol de candidato a diputado, el ex presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica, Giorgio Jackson Drago, y su movimiento “Revolución Democrática”, intentan insertarse en la vida política sin perder la credibilidad ganada durante las movilizaciones estudiantiles.

¿Cuál es su balance del movimiento estudiantil?

“En 2011 nos tocó asumir una responsabilidad cuando la situación era explosiva, luego de procesos previos que confluyeron en una fuerza que desbordó la situación política. Se abrió una caja de Pandora y cambió el paradigma desde el cual se observan el modelo educativo y los derechos sociales.

Los desafíos que vienen ahora son más complejos. Los que hegemonizan el poder han construido una respuesta ante esta demanda transformadora. Eso nos obliga a asumir el futuro con una mejor articulación. Es fácil oponerse, pero construir una alternativa es un desafío mayor. Esa realidad es la que enfrentan ahora el movimiento estudiantil y otros movimientos sociales. Una de las tareas principales de 2013 será presionar para que en los próximos cuatro años el gobierno y el Congreso tengan una agenda explícita respecto a las transformaciones necesarias para terminar con las injusticias”.

Hay distintas visiones sobre los logros alcanzados por el movimiento estudiantil…

“Desde el punto de vista de las políticas públicas, la situación educativa es hoy la misma de 2010. Se corrigieron algunos abusos: la banca ya no está metida dentro del sistema educacional, los defensores del lucro están sumergidos y la carga crediticia ha disminuido; pero las medidas son aspirinas, parches con alguna dosis de penicilina. Lo que sigue faltando es cirugía mayor.

También tenemos que considerar la victoria cultural, asociada al relato de una lucha que es intergeneracional, que se relaciona con los derechos sociales, el Estado y el mercado. Es decir, cómo esos derechos sociales deben garantizarse en una sociedad democrática para que existan reales oportunidades para todos.

La historia está marcada por explosiones sociales y la conquista de los derechos no ha sido un regalo, sino el fruto de muchos esfuerzos colectivos desde los orígenes del movimiento obrero hasta las nuevas reivindicaciones por la preservación de los recursos naturales, el desarrollo autónomo de las regiones o los derechos de la mujer. Esas y otras conquistas han sido resultado de muchas luchas y ahora se están encendiendo nuevas alertas para hacer sustentable la producción o generar riqueza sin destruir los recursos naturales y el medioambiente”.

DE LA UNIVERSIDAD A LA POLITICA

¿Ha sido complicada su transición de la política universitaria a la política nacional?

“Es un salto difícil, pero gracias a la inteligencia colectiva y a la fuerza que está detrás de mi candidatura ha sido posible. Los dirigentes estudiantiles tuvimos un aprendizaje gigantesco, con una experiencia corta e intensa, que nos habilita para asumir responsabilidades de representación popular. No me siento menos que otros candidatos y sé que represento una alternativa viable y cercana a gente que hoy tiene rabia, desconfianza y desesperanza frente a la situación política”.

¿Qué marca la diferencia entre lo que ustedes hacen y lo que antes hicieron otros?

“En una primera fase estamos enfocados a generar lazos con las organizaciones sociales e inscribir voluntarios en el distrito de Santiago. Estamos recorriendo algunas ferias libres y luego comenzaremos a construir ejes programáticos en conjunto con la comunidad y los voluntarios.

Nuestro interés está centrado en cambiar la realidad. No queremos el poder por el poder, sino contribuir a una transformación. Nuestra práctica tendrá que ver con transparencia, con la no permanencia indefinida en cargos y con el cumplimiento de los ejes programáticos. El trabajo de campaña no estará basado en el dinero sino en el compromiso de los voluntarios, sin una presencia invasiva de propaganda en la calle. Trabajaremos en los barrios, persona a persona, casa a casa”.

¿Qué le dice la gente con la que ha conversado?

“La opinión mayoritaria sobre nuestra candidatura es positiva. Nos dicen ‘es bueno que los jóvenes entren a cambiar las cosas’. Mencionan el tema de ser joven, y creo que es un valor, pero se necesita además la férrea voluntad de cambiar y de ejercer nuevas prácticas políticas.

Hay personas que a pesar de ver con buenos ojos al movimiento estudiantil, les cuesta entender este paso a la actividad política. Tenemos que cargar con el costo de la desconfianza que existe hacia los políticos en general. Ese cambio de apreciación no se dará de un día para otro, es un proceso que nos permitirá ganar con hechos la confianza de los electores. Yo mismo he sentido desconfianza y precisamente me estoy postulando porque quiero dejar de ser un espectador. Quiero ser un constructor de una realidad distinta. Pido una oportunidad para que los electores se abran a este camino de construcción de confianzas; para que tengan un canal para ser representados.

Junto a otros y otras compañeras fundamos Revolución Democrática (RD) y me siento parte de lo que hizo nacer este movimiento. Nuestra candidatura nace de un impulso local, de la organización territorial de RD en Santiago, pero es mucho más; constituye una invitación a ciudadanos y ciudadanas que no pertenecen a movimientos políticos, gente de a pie, para que participen en esta experiencia”.

OPOSICION AL GOBIERNO

El sistema político impone restricciones a la democracia, que obligan a acuerdos, pactos y subpactos. Ustedes están conversando con la Concertación, el Partido Comunista y otros sectores. ¿Cómo piensan entablar esa relación sin ser asociados a la “clase política”?

“Nos asumimos como parte de una oposición al gobierno de Piñera que tiene muchas expresiones. Hay partidos, hay colectivos, hay movimientos. Hemos conversado con todos los bloques dentro y fuera de la Concertación. Colectivos pequeños, grupos universitarios, expresiones locales y regionalistas. En ese contexto optamos por disputar espacios en el marco de primarias opositoras. Hay actores que toman otras estrategias, todas son respetables; la nuestra es intentar los doblajes posibles, para terminar con el sistema electoral que hoy impide una democracia plena en Chile. Queremos derribar el binominal. Eso implica generar primarias amplias en distritos y circunscripciones”.

Este pacto electoral, que incluye a la Concertación, ¿lesiona su pretensión de representar lo nuevo?

“Tengo 26 años y carezco de experiencia política más allá del movimiento social. Entrar a la política tiene costos y si ese costo está asociado a conseguir un espacio para llegar al Congreso, estamos dispuestos a pagarlo. Esta es para nosotros una manera de asumir las demandas ciudadanas y no significa que nos supeditemos a lo que digan otros. Más bien estamos instalando una alternativa que quiere disputar un espacio dentro de un pacto electoral parlamentario para construir una mayoría que termine con el actual modelo político”.

¿Comparte una sensibilidad común con otros candidatos jóvenes?

“Mantengo muy buenas relaciones con otros jóvenes que están optando por ingresar a la política y espero que a todos nos vaya bien. El tema generacional está condicionado por historias de vida. Las personas que tenemos menos de 35 años no fuimos marcados, como las generaciones previas, con el trauma de la dictadura y lo que significó vivir ese periodo. Se dice que somos una generación sin miedo y creo que efectivamente lo somos. Una muestra de eso fue el movimiento estudiantil de 2011. Tenemos otros horizontes que no están limitados a ‘la medida de lo posible”’.

DESPUES DE LAS ELECCIONES

¿Qué hará RD en materia presidencial, considerando que lo más popular de la Concertación es su candidata?

“Tenemos cercanía con militantes de base de la Concertación. Son gente que también quiere cambios, porque no hay espacio en sus partidos para actuar. En el congreso de RD se decidió no discutir el tema presidencial hasta que no estuvieron todos los elementos sobre la mesa. Es decir, al menos los programas de todos los candidatos. Cuando Michelle Bachelet sea candidata y tenga un programa, nosotros nos pronunciaremos; pero más allá del candidato o candidata, pensamos que el Poder Ejecutivo y el Legislativo se deben comunicar y realizar funciones recíprocas. Uno sin el otro no pueden funcionar y nos gustaría que ambos enarbolaran agendas similares para cambiar lo que existe. El tema presidencial no debe ser una piedra de tope para discutir las candidaturas parlamentarias, si el objetivo común es terminar con el sistema electoral existente”.

¿Cómo se proyectan después de las elecciones?

“Nos llamamos Revolución Democrática porque no basta con reformas. Tenemos que partir de cero con una nueva Constitución generada mediante un proceso participativo que es una Asamblea Constituyente. Eso significa apostar a que exista un nuevo proceso político, social y económico en Chile, que requiere una reflexión profunda de toda la ciudadanía para ponerse de acuerdo en las normas que nos regirán en democracia; porque lo que ahora existe es una Constitución heredada de la dictadura. No habiendo sido partícipes de un proceso previo, queremos crear nuevas reglas que normen el juego político de aquí en adelante. En el horizonte está una institucionalidad participativa, que garantice derechos básicos a aquellos que están expuestos al abuso del mercado y al abandono ante situaciones de injusticia.

La dinámica del periodo que viene es menos de estructuras jerárquicas partidistas y más de un movimiento social líquido, en el que las demandas se irán expresando a través de grupos de presión sin estructuras muy fijas y generadores de empatía ciudadana, que no adquieren necesariamente expresión política concreta. Representar a esos movimientos es uno de los propósitos de RD, entendiendo que la sociedad se está moviendo de una manera distinta. La gente está empezando a empoderarse y el actor social está muy presente; pero no tiene clara vocación de poder. Quienes tenemos esa vocación debemos asumir esta nueva lógica, que nos exige estar en constante vínculo con estas nuevas formas de organización social.

Hoy estamos mal porque existe un sistema político social y económico neoliberal que es un organismo vivo e interconectado, que constituye la base de los abusos a los que me he referido. Antes de plantearse grandes objetivos, RD está empeñada en poner la lupa sobre los abusos que existen, para generar una conciencia mayoritaria en la ciudadanía sobre estos problemas. Una vez que logremos este objetivo inicial, buscaremos que en Chile se suscriba un nuevo contrato social, originado de una manera participativa. Seguramente la derecha se va a oponer, pero la mayoría está de acuerdo en terminar con esos abusos.

Hoy estos derechos se asocian con reivindicaciones de la Izquierda, pero Chile está muy corrido hacia la derecha y en realidad estas demandas pertenecen a toda la sociedad. Después que resolvamos estos problemas básicos, habrá espacio para que cada sector de esta diversidad mayoritaria ocupe su posición, desde la Izquierda a concepciones más socialdemócratas o centristas. La propia derecha podría también diversificarse entonces en expresiones más liberales o más conservadoras. Lo que vemos hoy es una discusión polarizada entre una derecha muy neoliberal en lo económico y conservadora en lo social, y una tibia opción de centro, que ni siquiera se asemeja a la socialdemocracia europea”.

¿Qué esperan ustedes del próximo presidente o presidenta de Chile?

“Esperamos tener muchos puntos de encuentro en un eventual gobierno de Bachelet, para que podamos avanzar en una agenda común sustentada en una mayoría parlamentaria comprometida con la transformación del país. Apostamos a que las opiniones diversas se respeten y a que se entienda el punto de vista de RD. Pondremos empeño en que la gente no vote solo por una cara o por un nombre; que presione y fiscalice para que los compromisos se cumplan. Eso vale para nuestra candidatura y para todas las demás”.

Publicado en Punto Final, edición del 22 de marzo

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Feb 27 2013

Eduardo Galeano: “Vi nieve por primera vez con Allende”

Y quedó embelesado, porque no sabía que fuera tan suave, tanto que pareciera acariciar la noche. El destacado escritor y periodista uruguayo estuvo en Chile y su visita causó revuelo. Ese fervor lo agradece: “Eso prueba que se pueden desatar pasiones escribiendo lo que uno cree y eso lo recibo con entusiasmo”.

Por Vivian Lavín Almazán, periodista chilena

Dice Eduardo Galeano que cuando recién despertaba de una operación reciente, comenzó a quitar un bulto que tenía cerca de sus pies. Su reacción, en esos primeros minutos de conciencia, fue dar de patadas a eso que le molestaba, que, sin embargo, no era cualquier cosa. Quien estaba sentado casi sobre sus extremidades era el Presidente de su país, su amigo José “Pepe” Mujica. Su amigo-presidente, sin embargo, no se molestó por los golpes, ya está acostumbrado a ellos. Primero, porque es político y, segundo, porque sabe que Galeano suele ser una de las voces más molestas y contestatarias del periodismo y la narración histórica en América Latina. “Al comienzo, sólo sentí un bulto incómodo, pero después, cuando me di cuenta de que era él, le dije: ´Mirá, vos tenés que ir a gobernar. Sin embargo, se quedó tres horas charlando, contando chistes y evocando cosas. Es que es un tipo muy cálido, lo que es raro, porque la política es un oficio de frígidos”, sentencia.

El autor de Las venas abiertas de América Latina y otra decena de libros ha sido considerado como un escritor peligroso, pagando por ello hasta con la cárcel. “Uno de los escritores que más me influyó fue Ambrose Bierce, que era íntimo amigo de Mark Twain, y juntos dirigían la Liga Antiimperialista que condenó todas las invasiones que se derramaron por el mundo a fines del siglo XIX. Ambos eran muy irónicos y filosos. Y hay una frase muy linda de Bierce que me sirvió para saber que iba por el camino correcto: “Quien no tiene enemigos, no merece tener amigos”.  Y es que la prueba de que uno está verdaderamente vivo en el mundo es que tienes amigos y enemigos. Me moriría de vergüenza si no tuviera enemigos”. Considerado hoy como una figura mundial, fue delegado en una de las elecciones venezolanas en las que resultó ganador Hugo Chávez, y junto a los ex presidentes César Gaviria y James Carter, confirmó la legitimidad de su triunfo. “Chávez demostró que se puede hacer lo que uno siente que debe hacer y que eso no hipoteca la simpatía popular ni lo convierte en un monstruo, sólo lo demonizan porque no soportan la simpatía que despierta en su propio pueblo”, explica.

Cada día, su propia historia

En Los Hijos de los días, su último libro, Eduardo Galeano se propuso, a modo de calendario, contar cada día una historia diferente. Todas, historias reales, que desatan pensamientos, que buscan evocar emociones…

“Enero 11.

El placer de ir.

En 1887, nació en Salta, el hombre que fue Salta: Juan Carlos Dávalos, fundador de una dinastía de músicos y poetas.

Según dicen los decores, él fue el primer tripulante de un Ford T, el Ford a bigote, en aquellas comarcas del norte argentino.

Lento, venía. Las tortugas se sentaban a esperarlo.

Algún vecino se acercó. Preocupado, saludó, comentó:

-Pero, don Dávalos… A este paso, no va a llegar nunca.

Y él aclaró:

-Yo no viajo por llegar. Viajo por ir”.

“Me pareció una historia digna de ser contada y de ser aprendida en este mundo que practica la cultura del vértigo, y que no cree en nada que no sea la velocidad y la rentabilidad. Si algo no es rentable es sospechoso y quizás muy malo. Y si algo no es muy veloz, no sirve y hay que tirarlo”, dice riendo. Sin embargo, hay múltiples necesidades… “La mayor parte de las necesidades son falsas e inventada por la publicidad, no son reales. En general, el mundo está compuesto por países condenados a competir entre sí y que practican esta cultura global que nos enseña que el prójimo es un competidor, un enemigo, rara vez es una promesa. Casi siempre es una amenaza, alguien que te va a quitar algo, el empleo, tu casa, tu mujer, qué se yo… No todos son jodidos en el mundo, pero da la impresión de que vivimos condenados a obedecer a una dictadura del miedo que necesita de enemigos para poder justificarse. ¿Qué sería de los gastos militares que consumen la mitad de los recursos del planeta si no hubiera enemigos que combatir? ¿Qué hace la industria militar? Se va a la quiebra y es que es una industria criminal que vive de la muerte. Si la guerra no existe, se fabrica”.

También al aburrimiento lo considera una condena.  “Este es un sistema de poder universal que nos invita a elegir a morir de hambre o de aburrimiento. Yo no deseo morir de ninguno, pero te dicen que esto no se puede hacer, que hay que tener mucho cuidado con esto otro… Te condenan a vivir preso de las máquinas, una vida aburridísima, sin libertad, sin audacia, sin pasión, sin peligro más que de las mismas máquinas que pueden matarte aplastándote”.

Sin embargo, esas mismas máquinas y la tecnología asociada a ellas, han democratizado a la palabra y al lenguaje como nunca antes. “Soy de los que creen que el drama humano consiste en que nos hemos convertido en máquinas de nuestras máquinas. Somos la única especie que tiende a convertirse en instrumento de sus instrumentos, entonces, el automóvil te maneja, la computadora te programa y eso no debiera ser así, pero es así. No es culpa de las máquinas, pobres máquinas… Yo las calumnio continuamente diciendo que cuando nadie las ve, beben de noche. Son calumnias viles. Pero las pobres no tienen culpa del mal uso que se hace de ellas. Por ejemplo, la televisión, que puede ser un instrumento estupendo de comunicación cultural y lo es en varias experiencias, y sin embargo, se utiliza con malos fines, entrenando a la gente para el odio y la obediencia, que son disciplinas militares y para el consumo, sobre todo, para esta exhibición obscena de automóviles último modelo con palabras que me quieren excitar, que me quieren convencer de que el automóvil es un artículo erótico del cual no puedo prescindir si quiero tener un orgasmo pleno, y eso me parece una inmundicia”.

Libros que tienen vida

“Soy incapaz, y no tengo reparos en confesarlo, de leer un libro en pantalla. Necesito libros de papel que cruje, que huele a papel, libros que yo pueda apretar contra el pecho cuando me sienta solo o triste; libros que yo pueda estrujar contra el oído a ver qué es lo que tiene para decir, si respira de verdad o no. Porque yo siento que el libro es como un ser vivo, lo pongo al oído y siento que respira. Yo tengo una pasión por el libro que está ahora fuera de moda”, dice, nostálgico.

El amor por los libros lo tiene desde pequeño, cuando era un amante de los libros ilustrados. Entonces, miraba a los adultos y los compadecía, al verlos sumergidos en enormes tomos sin siquiera un dibujo. Esa falta de imágenes es lo que lo ha llevado a incluir en sus libros sus propios dibujos, como una manera de vengarse y compadecer a los adultos que leen sin figuritas. Fueron esos libros ilustrados, como los de Salgari, su favorito, los que hicieron de Eduardo Galeano un fervoroso lector. “Yo viajé por los siete mares del mundo llevado por él, y le estoy muy agradecido porque él no se había movido nunca de Génova, y él me viajó, él me enseñó cómo era el mundo sin conocerlo él mismo”.

Fueron esos dibujos y su afición por la ilustración, los que lo hicieron pensar de pequeño que sería dibujante, pero nunca escritor. “Siempre creí que iba a ser dibujante, pintor, también jugador de fútbol, santo…miles de cosas, pero nunca escritor. Lo del fútbol fue lo que más me dolió porque era lo que más quería. Lo de escribir ocurrió ya tarde en mi vida, a partir del periodismo, que lo empecé a ejercer como una manera de entrar en la realidad. Me apasionaba meterme en las noticias de carne y hueso. Dirigí, cuando tenía 20 años, en Uruguay, un diario independiente de izquierda que se llamaba Época, donde nadie cobraba porque trabajábamos en otras cosas. Lo hacíamos por el enorme placer que nos daba el periodismo ejercido como contacto directo, casi íntimo con la realidad. Terminábamos a las dos de la mañana y corríamos los escritorios y nos reventábamos a patadas jugando al fútbol…éramos unos niños”.

La ficción no se le daba, era la realidad su hábitat. Una realidad que lo comprometía al punto que debió pagar con cárcel mucho de lo que publicaba. Eran estadías cortas, de uno o dos días, nunca suficientes para escarmentar a un Eduardo Galeano cuyo compromiso con la verdad era para toda la vida.

Con su amigo Allende

Recuerda que en las oficinas de Época aparecían escritores y muchos amigos. Uno de ellos era Salvador Allende, a quien había conocido en una campaña electoral de “regidores”, puesto que venía de haber perdido una presidencial. Fue Allende el que lo invitó a Punta Arenas y apenas había llegado lo llevó a comprarse unos “mata pasiones”, esos calzoncillos largos muy abrigados y cuyo nombre evoca con añoranza y humor. Fue una noche, en la ciudad más austral del mundo, cuando frente a una ventana y en amable conversación junto a Allende, Galeano conoció la nieve. “Vi nieve por primera vez con Allende. Y me pareció deslumbrante por su suavidad…yo no sabía que la nieve era tan suave, era algo que acariciaba el aire, que acariciaba la noche, me quedé como embelesado, hipnotizado, lo cual nos dio pretexto para tomarnos un segundo whisky con Salvador. Después de esa misión periodística, se nos convirtió en costumbre visitarnos…La primera vez que volví después de su muerte dije en un acto público, lo que cayó muy mal, que me dolía muchísimo que una avenida muy importante de Santiago de Chile se llamara 11 de septiembre en homenaje a un Golpe criminal que había asesinado al demócrata más digno de todos los tiempos de América Latina. Porque nadie ejerció la democracia tan a fondo como él. Allende fue un símbolo de democracia para todos, y que me sorprendía que Chile no lo valorizara, porque esa avenida llamada así es una ofensa, como escupirle en el cadáver… No recuerdo en qué acto fue que cayó horrible, pero yo lo decía como amigo, porque fue mi amigo”.

A pesar de que su conversación es plácida, a Eduardo Galeano le queda espacio para la indignación. Le indignan la guerra y la prisión de nuestros parientes, los animales.  Sin embargo, “lo que más me violenta es la injusticia cuando ocurre ante mis ojos. Mi primera experiencia en la materia fue muy desalentadora y ocurrió en una calle de la ciudad vieja de Montevideo que se llama Yakaré. Tenía unos 16 años y una madrugada, caminando solo por los bajos de Montevideo, escuché unos gemidos. Yo acababa de ver una película de Visconti con Alain Delon en la que había una escena exactamente igual a la de ese momento: una mujer que estaba contra una pared, como crucificada, aguantando los golpes de un hombre. Entonces, me acerqué con mucho cuidado y le toqué la espalda al caballero y le dije: Mire y…¡paf!, me tiró al suelo, me pateó las costillas y ella, la víctima, con unos zapatos de taco alfiler que se usaban en aquella época, me pegaba en la cabeza. Bueno, eso debió haberme escarmentado para siempre, de no meterme nunca más en este puto mundo a defender a nadie, pero no escarmenté. Se ve que nací para meterme en líos”, dice riendo.

Y para protegerse de esos líos, en ciertos momentos, como un talismán, Galeano dice para sus adentros abracadabra, que en hebreo antiguo quiere decir: Envía tu fuego hasta el final. “Es una palabra amuleto para mí, la digo en silencio, la murmuro cuando quiero que algo se abra, cuando algo parece inexplicable o que parece no tener remedio, como que no habrá ningún sol que suceda a esa noche…”. Abracadabra, y la palabra de Eduardo Galeano abre las puertas de ese otro mundo que creemos posible.

*Periodista chilena.

Tomado de elmagazin de El Espectador

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Nov 13 2012

Guardianes del fin del mundo

La familia Cádiz: Iván, Daniela, Paula e Iván, el hijo menor. Otras 30 familias chilenas viven en distintas islas de esta región.

Por: Alejandra Vanegas Cabrera

El sargento Iván Cádiz y su familia son los únicos habitantes del Cabo de Hornos, la punta más austral de América del Sur

En el barco, un crucero de la empresa Australis de Chile, nos anunciaron que el primer desembarco de la ruta sería en Cabo de Hornos, el extremo más austral de la zona meridional del planeta. La idea de conocer este punto, que queda a tan sólo 650 kilómetros de la Antártida, me deslumbraba. Inmediatamente mi mente se remontó a antaño, cuando los enormes galeones de los conquistadores y comerciantes surcaban estas agitadas aguas, en donde se unen los océanos Pacífico y Atlántico, llevando mercancías para intercambiar en las nuevas tierras americanas.

Desperté del sueño cuando la guía aseguró que el lugar era habitado por cuatro personas. Pensé: ¿una única familia viviendo en esta isla del fin del mundo? Pero, ¿qué harán aquí? La atracción por dilucidar este misterio personal se hizo intensa.

Al siguiente día fui la primera en cubierta para abordar el bote que nos llevaría hasta el islote austral. Eran las siete de la mañana cuando el grupo que navegaba en el crucero, 50 personas, desembarcó en Cabo de Hornos.

Una escalera de 168 escalones que iniciaba en la playa nos llevaría a recorrer la isla hasta uno de los puntos más altos, en donde reposa una escultura de hierro de un albatros (ave de la región), junto a un poema escrito por la poetisa Sara Vial, de Valparaíso:

La figura y las letras, como dice el poema, son un homenaje a los marinos que perdieron su vida en las turbulentas aguas. Estos versos lograron que mi piel se erizara bajo las capas y capas que la cubrían del frío.

Mientras subía los escalones, maravillada por el paisaje iluminado por un sol todavía tenue, vi venir un perro. Era un french poodle. Pensé: seguro es parte de la familia. El animal corría por el pasto a paso acelerado, se notaba que estaba desesperado por saludar a los turistas. En la cima fue el centro de atención, todos querían tomarse una imagen con el travieso habitante y la escultura del albatros.

Cuando estaba bajando me encontré con un niño en pijama. Le dije: “¿Vives acá?”. “Sí”, respondió mientras se alejaba corriendo hacia su casa. A mi llegada al faro-hogar de la familia Cádiz estaba Paula, la mamá, lidiando con los turistas en la tienda de souvenires. Iván, el padre, contemplaba la escena. No pude resistirme a preguntarle sobre su vida en la isla.

“Nuestra misión es salvaguardar la soberanía chilena”, fueron sus primeras palabras. “Esta es una opción que nos dan a los marinos de la Armada, es totalmente voluntaria. Hay un proceso de postulación y selección que debemos seguir”, aseguró Cádiz.

Los Cádiz viven en Cabo de Hornos desde hace 10 meses, les faltan dos para dejar la isla. Se trata de un programa de la Armada chilena que tiene una duración de un año y su fin es mantener la influencia de la nación en este territorio, el cual ha sido por años motivo de disputa con Argentina y en algún momento también estuvo en la mira de los franceses.

En realidad, los Cádiz no son los únicos que viven en el área. En las distintas islas e islotes chilenos que componen la Región de Magallanes y de la Antártica habitan, al menos, 30 familias de la Armada. Todos cumplen la misma función de salvaguardas territoriales.

Para llevar a cabo esta misión, el sargento dispone de una sala de radio y de control de radar y ploteo, con contactos de superficie que detectan embarcaciones en el horizonte y equipos para medir y transmitir en tiempo real los datos meteorológicos. La familia también cuenta con televisión, teléfono e internet satelital para comunicarse con sus parientes y estar informados de lo que ocurre en el mundo.

Estar conectados no sólo les permite estar al tanto, también les da la posibilidad de pedir sus provisiones para alimentarse, que llegan cada dos semanas en un buque de la Armada. “El hecho de que vengan sólo en ciertos intervalos de tiempo nos obliga a ser selectivos en los menús y a racionalizar los alimentos. Aunque si se acaba algo les pido a los cruceros o barcos que pasan por el área”, comenta Paula.

De la misma manera necesitan estar en contacto con Puerto Williams, una localidad ubicada en la orilla sur del canal Beagle, pues desde allí Paula e Iván reciben instrucciones sobre el contenido académico que deben impartir a sus hijos, Daniela e Iván.

El proceso educativo fue, tal vez, el más complicado de llevar para la familia. “Para los niños fue difícil verme como un profesor —dice Iván, el padre—. Se reían y no tomaban las clases en serio. Poco a poco la imagen fue cambiando, ahora saben que soy su maestro y es una hora sagrada en la que sólo se habla de estudio. Saben que tienen su rutina, por tanto, realizan las tareas en los horarios indicados. Esta experiencia académica también nos ha unido”.

Hoy, dos meses antes de su partida de la isla, comienza la ansiedad, pues cambiarán los días de tranquilidad junto al mar y la naturaleza por el ajetreado ritmo de Santiago, la capital. Seguramente esta no será la última experiencia patagónica de los Cádiz; de hecho, no es la primera. Hace 10 años ya habían vivido en otra isla. Su amor por la naturaleza es tal que considerarían volver a estas tierras. Por lo pronto, tienen planeado ir a Brasil de vacaciones para cambiar radicalmente de panorama.

Soy el albatros que te espera en el final del mundo. Soy el alma olvidada de los marinos muertos que cruzaron el Cabo de Hornos desde todos los mares de la tierra. Pero ellos no murieron en las furiosas olas. Hoy vuelan en mis alas, hacia la eternidad, en la última grieta de los vientos antárticos

Tomado de El Espectador

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Oct 26 2012

Chile: legados de la “antipolítica”

Chile: el triunfo de la “antipolítica” y sus legados

Por Atilio A. Borón

Una visita a Santiago y Valparaíso y una serie de intensas reuniones con jóvenes de distintos movimientos sociales de Chile nos permitió calibrar los alcances del triunfo ideológico del neoliberalismo en ese país y los funestos legados de la dictadura pinochetista. Como es sabido, para ésta la política era igual a politiquería y corrupción, y la misión salvífica de Pinochet –no sólo un sanguinario asesino sino también un vulgar ladrón, como se comprobaría al descubrirse sus múltiples cuentas secretas en bancos de Estados Unidos- requería eliminar la política de la vida pública  chilena. De ahí la metódica pedagogía del poder despótico dirigida a descalificar cualquier iniciativa social basada en estrategias y/o sujetos colectivos. La salvación en este mundo era un asunto estrictamente individual, y quien no entendiera esta elemental verdad sólo acentuaría sus padecimientos y, además, contribuiría a la disolución nacional. El exacerbado individualismo predicado sin pausa por dos infames Premios Nobel de Economía que visitaron al tirano -Milton Friedman y Friedrich von Hayek- valía para la economía pero también para la política, la sociedad y la cultura. Reemplazado Pinochet por una connivente Concertación y, más tarde, por la derecha aún más complaciente de la Alianza, con Sebastián Piñera a la cabeza, la continuidad del pinochetismo se verificó no sólo en la política económica –que es lo más conocido- sino, sobre todo, en el plano de la cultura política. Ni la Concertación, que estuvo durante nada menos que veinte años en La Moneda, ni la Alianza, hicieron el menor intento de revertir los ominosos legados del pinochetismo, mismos que siguiendo a Bertolt Brecht podríamos caracterizar como la sistemática promoción del “analfabetismo político.”

El analfabeto político detesta la política y no sabe que su “antipolítica” es una forma de hacer política que beneficia a sus opresores. Esta actitud, extendida en la época de Pinochet no hizo sino crecer en el frustrante período “democrático” que le sucedió. La indiferencia gubernamental ante la progresión de la desigualdad y la creciente injusticia social en uno de los países que, en el pasado, figuraba junto con Argentina, Costa Rica y Uruguay como uno de los más igualitarios del continente terminó por desilusionar profundamente a la ciudadanía y sobre todo, a las jóvenes generaciones. En ellas la aprobación popular de los partidos políticos y del Congreso apenas oscila en torno al 10 porciento. El grado de desprestigio de los partidos es tan marcado que en los afiches promoviendo las candidaturas a concejales y alcaldes para las elecciones del próximo 28 de octubre sólo se exhiben las fotos de los postulantes, su nombre y el número de identificación de su lista pero sin mencionar al partido político al cual pertenecen. Sólo por excepción algún que otro apela al “photoshop” para insertar al lado de su imagen la de Michelle Bachelet. No vimos ninguno que tuviera la osadía de colocarse junto al rostro incomprensiblemente sonriente del presidente Sebastián Piñera. En suma: no hay partidos, no hay ideología, no hay apelación a un sujeto colectivo, no hay utopía que alcanzar y por la cual luchar; de repente, casi milagrosamente, puede aparecer una consigna invariablemente de corte tecnocrático y una difusa apelación a “la gente.”

Afortunadamente hay otro Chile, que no aparece en el plano oficial. Allí está la juventud,  que toma las calles para exigir educación gratuita y de calidad y, además, el abandono del asfixiante modelo neoliberal. Y también están los mapuche, a los cuales nos referiremos más abajo. La contrarreforma universitaria de Pinochet (y continuada por sus sucesores)  hizo que las universidades públicas tuvieran que arancelar sus estudios de grado y posgrado, es decir, privatizándose,  mientras que proliferaban muchas instituciones privadas, algunas de ellas fundadas por el Opus Dei o la Legión de María y otras directamente vinculadas a grandes grupos económicos que necesitan formar sus cuadros en la certeza de que ninguna idea mínimamente crítica irrumpiría  para perturbar la absoluta coherencia de su acendrado neoliberalismo y su culto al hiper-individualismo. El modelo de estas instituciones, en las públicas (si es que todavía se las puede llamar así) y sobre todo en las privadas es el de los colleges norteamericanos: se copian sus formas y apariencias externas tanto como el contenido, casi siempre muy reaccionario (sobre todo en las humanidades y las ciencias sociales) de sus curricula. Las universidades privadas constituyen un sistema marcadamente estratificado: están las ya mencionadas que preparan cuidadosamente a la futura élite política y económica de Chile; y están las otras, de muy baja calidad, que hacen su negocio lucrando con la desesperación de los sectores medios que sueñan todavía con la movilidad social vía educación. El arancel promedio de los estudios de grado, para obtener una licenciatura, es de unos 600 dólares mensuales, a pagar durante diez meses. Pero el ingreso de una familia tipo de clase media, trabajando padre y madre, es de poco más que eso. El resultado: un masivo endeudamiento con la esperanza –por cierto que bastante ilusoria- de que los futuros egresados encontrarán un trabajo adecuadamente remunerado para pagar los préstamos contraídos para financiar sus estudios.

Ante la inminencia de las próximas elecciones municipales varios sectores de la juventud están debatiendo la actitud a tomar. Son muchos los jóvenes críticos de las políticas oficiales que, a favor de la reciente modificación de la legislación electoral que a la vez que inscribe automáticamente a los electores consagra el carácter voluntario del sufragio (mientras que antes la inscripción era voluntaria, pero el sufragio era obligatorio), consideran que el modo de manifestar su repudio al sistema es absteniéndose de votar. Dado que no se ven alternativas reales (y no sólo no se ven sino que por ahora no las hay) lo mejor, dicen, es demostrar su rechazo mediante su ausencia. Nos permitimos disentir de este criterio porque si hay algo que las clases dominantes quieren es precisamente que el soberano popular no vote, no se informe, no participe. Desde los debates de la convención constituyente de los Estados Unidos, en 1787, hasta la obra de teóricos neoconservadores como Samuel P. Huntington y sus colegas de la Comisión Trilateral en los años setenta del pasado siglo, la derecha invariablemente coincidió en poner obstáculos a la concurrencia electoral y estimuló el ausentismo de las urnas para conjurar el peligro de una plebeya “tiranía de las mayorías.” De producirse, el masivo abstencionismo juvenil lejos de preocupar a la conservadora clase política chilena sería un incentivo para que nada cambie y todo quede como está. Sería interpretado, siguiendo la más estricta lógica del individualismo neoliberal que impregna las alturas del estado, como un cheque en blanco otorgado al gobierno por los ausentistas los cuales, como buenos actores “egoístas racionales”, prefirieron quedarse en sus casas porque entendían que las cosas estaban bien, una especie de consenso tácito lockeano; o, bajo otra hipótesis, porque no tenía sentido, desde el derrotismo del análisis “costo-beneficio”, molestarse en ir a votar resignados como estaban ante la absoluta imposibilidad de cambiar nada. La opción ausentista o abstencionista es promovida por un extenso sector de la juventud ganado por una difusa y volátil mezcla de autonomismo y anarquismo posmoderno que involuntariamente termina favoreciendo los planes de la derecha, siempre deseosa de reducir al mínimo la participación electoral. No es un dato menor que hoy sea este grupo quien presida la FECH, la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. Otro sector, mayoritariamente vinculado al partido comunista chileno, cree que se debe participar y acompañar con su voto el reciente acuerdo entre esa fuerza política y la Concertación. No obstante, es un acompañamiento a regañadientes porque no son pocos quienes en las Juventudes Comunistas temen, con razón, la dilución de su identidad partidaria o el costo que habría que pagar por asociarse a una fuerza política tan desprestigiada como la Concertación. Finalmente, hay un núcleo emergente de inspiración marxista y (afortunadamente) para nada dogmático, nucleado en la UNE, Unión Nacional Estudiantil, que al día de hoy continúa debatiendo la postura a adoptar. Nuestra opinión es que lo mejor sería que esa juventud que con tanta valentía ganó la calle en el 2011 y resistió la violenta represión de los carabineros fuese a votar, y lo haga por un personaje que, no siendo candidato, sintetice sus aspiraciones. Esos votos serían anulados, pero eso es lo de menos. Creemos que si el próximo domingo apareciera una gran cantidad de votos a favor de, digamos, Salvador Allende, la clase política chilena caería en la cuenta de que el suelo se está moviendo bajo sus pies y que podría estar gestándose una alternativa hasta ahora inexistente.

La larga batalla de los mapuche es otro alentador ejemplo de que, como decía Galileo en relación a la Tierra, la vida política chilena “sin embargo se mueve”.  Sus heroicas luchas por la recuperación de sus tierras y derechos ancestrales es reprimida de  una manera sanguinaria: si la represión a los estudiantes exhibe el ensañamiento propio del odio clasista, en el caso de los mapuche esto se potencia al combinarse con un escandaloso racismo, todo amparado por la implacable aplicación de la legislación antiterrorista instituida por Pinochet en 1984. Un ejemplo clarísimo de la baja calidad de la “democracia” en Chile –erigida por el saber convencional de las ciencias sociales como el modelo político a imitar- lo ofrece el hecho de que los gobiernos que le sucedieron no sólo no derogaron el engendro represivo del tirano sino que lo perfeccionaron. Juicios amañados, condenas absurdas e injustas, huelgas de hambre a las que el gobierno responde con criminal indiferencia, ataques a mujeres, ancianos y niños indefensos y asesinato de militantes configuran un cuadro –silenciado por los oligopolios mediáticos, por supuesto- que hacen que Chile al sur del río Bíobío se parezca más a Colombia que al resto del país. Tal como lo declara uno de los líderes mapuche, Pedro Cayuqueo, las fuerzas especiales de los carabineros actúan en la Araucanía con la ferocidad de un pitbull fuera de control. El gobierno de Piñera, al igual que lo hiciera la dictadura genocida argentina, sostiene que las fuerzas del orden se “exceden” en su celo represivo. No obstante, es el gobierno quien tiene la obligación de impedir que el pitbull verde prosiga sembrando destrucción y muerte en tierras mapuche, pero no lo hace.

Las movilizaciones estudiantiles y mapuche contrastan vivamente con la esclerosis que afecta a las formaciones partidarias y, en buena medida, al debilitado sindicalismo chileno. Si bien son vigorosas y merecedoras de todo apoyo su focalización temática y su intermitencia, sobre todo en el caso de los estudiantes, conspiran contra su eficacia práctica. Un ejemplo de esto lo ofrece la nula resistencia popular ante la reciente instalación de una base militar de Estados Unidos en Fuerte Aguayo, en Concón, pocos kilómetros al norte de Valparaíso. Dicha base, dependiente del Comando Sur, se especializará en el entrenamiento militar requerido por un programa del Pentágono denominado MOUT (Military Operations on Urban Terrain), es decir, “operaciones militares en terreno urbano” o, dicho sin eufemismos, entrenamiento de fuerzas especializadas en la represión de  la protesta social. Washington y Santiago negociaron este acuerdo en el más absoluto de los secretos -¡otro rasgo de una “democracia”- y cuando se filtró la noticia, a propósito de la visita a Chile del Secretario de Defensa de Estados Unidos, Leon Panetta, en abril de este año, la base, construida en tiempo record, ya se había establecido. Pero ni antes ni después hubo marchas o manifestaciones repudiando la maniobra o exigiendo el desmantelamiento de la base.

Esta pasividad es uno de los peores legados de la “antipolítica”, de la larga noche pinochetista y de la espesa penumbra que proyectan sus sucesores. Una pasividad estimulada por el descrédito de todo lo que sea público, colectivo, político. A contracorriente, los jóvenes chilenos y los mapuche están haciendo una obra extraordinariamente importante para su país: son el ejemplar revulsivo de una sociedad desmovilizada y resignada, atontada por la publicidad consumista y sometida a un brutal proceso de re-educación política que el año próximo cumplirá cuarenta años. Una sociedad, también, abrumada por un nivel de endeudamiento que generaliza la angustia de las familias más pobres a la vez que engrosa las arcas de los bancos. Según el Ministerio de Desarrollo Social de Chile los sectores más pobres destinaban, a comienzos de este año, un 60 por ciento de sus ingresos al pago de sus deudas, debiendo sobrevivir con el 40 por ciento restante. En situaciones tan desesperantes como esa es difícil poder pensar y actuar políticamente, a menos que se tenga una clara conciencia política. Con sus luchas los jóvenes estudiantes y los mapuche demuestran que no todo está perdido, que hay futuro y que, tal vez, el año próximo, cuando se cumplan cuarenta años del martirio de Salvador Allende, su recuerdo encienda los corazones de sus compatriotas y los impulse a concluir una obra que el criminal golpe militar del 11 de septiembre del 1973 hizo que quedara inconclusa. Podría, de ese modo, iniciarse el crepúsculo de la “antipolítica”, a derrumbarse el ya aludido “analfabetismo político” metódicamente alentado como una estrategia de dominación por el pinochetismo y sus sucesores. A  propósito de esto Brecht recordaba que “el peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.” Ojalá que estas  sabias palabras del comunista alemán puedan ser difundidas masivamente por los movimientos que luchan por otro Chile. Sería una manera muy apropiada de combatir uno de los más ominosos legados del pinochetismo.

Tomado del blog del autor

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