
Por Maggie Marín
Barack Obama, Álvaro Uribe, Nidal Malik Hasan, y Janet Napolitano. ¿Y esa ringlera de nombres, podría preguntar cualquiera? Pues se pueden vincular más de lo que pudiera pensarse. Voy por partes y de atrás hacia delante.
Janet Napolitano, newyorkina y exgobernadora de Arizona, lleva 10 meses al frente del Departamento de Seguridad Nacional de EE UU. Monda y lironda, ayer mismo le dijo a un periodista de El País de España que Estados Unidos es ahora más seguro que antes del 11-S; más que hace cuatro años, más que hace un año. “Cada día mejoramos en cómo reducir los riesgos de otro atentado terrorista y cómo responder si ocurre”.
¿Gringolandia tranquilita ocho años después de lo que aún muchos aseguran que fue un auto atentado que permitió soltar los demonios de la guerra y la violencia a quienes llevaron y amparaban a Bush en la Casa Blanca?
Pues parece que en ese preciso instante Janet desconocía los detalles de la carnicería que acababa de protagonizar en Texas el comandante y psiquiatra militar Nidal Malik Hasan, y que con un saldo de 13 muertos y unos 30 heridos clasificó como la peor matanza en la historia de las bases militares estadounidenses.
A despecho de que hasta hoy nada indica que la reacción del militar (musulmán, de ascendencia jordana y con 39 años) fuera un acto terrorista u obedeciera a fanatismo religioso alguno, se trata sin dudas de un hecho que pone al descubierto una vez más que las inseguridades rodean a los estadounidenses en su propio territorio.
Nidal Malik Hasan llevaba tiempo intentando abandonar el ejército y estaba haciendo todo lo posible por no ser destinado al frente afgano. Se había sentido perseguido y rechazado por sus compañeros tras los ataques del 11-S.
El escenario del degolladero, Fort Hood, en Texas, es la mayor instalación militar estadounidense (alberga en sus predios a 55 mil militares) y una de las puertas de salida de los efectivos que parten hacia las guerras en Iraq y Afganistán. De hecho, de los 4 mil 600 soldados estadounidenses que han muerto en Iraq, 500 pertenecían a las tropas de Fort Hood.
Pienso que sin proponérselo, la acción del comandante estadounidense hizo mas patente la suerte de anexión de Colombia a Estados Unidos que acaba de producirse, porque los hechos sangrientos de Texas ocurrieron menos de una semana después de la firma entre Washington y Bogotá de un “acuerdo militar” que le permitirá a la potencia “conducir operaciones de espectro completo por toda América del Sur” desde siete instalaciones militares: Palanquero, Malambo, Tolemaida, Larandia, Apíay, Cartagena y Málaga. Y más, porque ese pacto aprueba el acceso y uso de las otras instalaciones y ubicaciones castrenses existentes en territorio colombiano, sin restricciones y en condiciones de una inmunidad tan total que es mejor llamarla por su nombre: completa impunidad.
La abogada y escritora venezolano-estadounidense Eva Golinger apuntaba ayer que aunque Barack Obama y Álvaro Uribe han mantenido públicamente que dicho acuerdo militar ampara solamente operaciones y actividades dentro del territorio colombiano para combatir el narcotráfico y el terrorismo interno y que ello no afectará a los países vecinos, “el documento de la Fuerza Aérea de EEUU confirma lo contrario e indica que las verdaderas intenciones y objetivos detrás del acuerdo son para poder realizar operaciones militares a nivel de la región para combatir la “amenaza constante de los gobiernos anti-estadounidenses”.
Pero la verdad es que la mayoría de los medios de comunicación del orbe se ocupan más de la degollina tejana, en menor medida del segundo golpe de estado que acaba de producirse en la martirizada Honduras (una acción gravísima que debiera levantar una ola de repudio mundial) y dejaron ya en el pasado el hecho “gravísimo y trascendente”, como calificará Fidel Castro a estos siete puñales clavados en el corazón latinoamericano y que por ello amerita no solo mil y una denuncias, sino la más férrea oposición de la totalidad de los países de Nuestra América.