
Ayer se cumplieron 50 años de su muerte. En la foto, durante la filmación de vidas rebeldes, Reno, EEUU, 2 de noviembre de 1960
Por Miguel Russo
Ella había nacido como Norma Jean el 1º de junio de 1926 en Los Ángeles, en la pobreza en la que Gladys Pearl Baker soportaba el abandono de su pareja, el noruego Edward Mortenson. Norma Jean Mortenson, la anotó su madre en el registro civil, sin saber muy bien el motivo, pero cada vez que le preguntaban el nombre de la nena, sacaba a relucir el apellido Baker. Así la recibió temporalmente en su casa de Hawthorne, California, el matrimonio Bolender cuando Gladys quedó en la calle por no poder pagar el alquiler. Y así la devolvieron cuando Gladys consiguió un nuevo departamento. Pero la brevedad era el sino de Norma Jean, y un breve tiempo después, los conflictos personales de su madre motivaron una nueva mudanza y una nueva adopción. Grace McKee, la mejor amiga de Gladys, recibió a la nena. Y Grace se divirtió bastante con Norma Jean mientras la llevaba de cine en cine para ver sus películas predilectas. Poco importaba que la nena tuviera menos de diez años y tratara de comprender la relación entre el modo de mirar de Clark Gable y la entrega total de una chica tras otra en la pantalla por besarlo y ser besadas. Cuando Grace decidió casarse, Norma Jean comenzó el recorrido de casa pobre en casa pobre. Fueron dos años con dos constantes: los cambios familiares y los abusos sexuales. Grace la recuperó de la primera, pero no pudo o no quiso hacer nada contra su marido por la segunda. A los 14, harta de todo, Norma Jean volvió con su madre. A los 16, se casó con un policía de 21. Cuando su marido se alistó en la Marina al comienzo de la guerra, ella consiguió un trabajo junto a su suegra en la fábrica de municiones de Burbank. Y hasta allí llegó el fotógrafo Henrik Manukyan, contratado por la revista Yank, para mostrar el patriótico laburo femenino en la guerra.
Norma Jean era hermosa: una cascada de bucles castaños, sonrisa perfecta y la mirada de cualquier chica de 18. Fue tapa de Yank y, de inmediato, reclamada como modelo por más de treinta revistas. Por consejo de su representante, se tiñó de rubio y sus ojos empezaron a mirar de manera distinta. A los 20 se divorció, consiguió su primer papel como extra y se cambió el nombre: “Marilyn”, por la actriz Marilyn Miller, y “Monroe”, el apellido de soltera de la madre de su agente.
Él, Cornell, está decidido a salvar el buen nombre de su hermano, Robert, a quien acusaron de fraguar esa imagen obtenida el 5 de septiembre de 1936, durante la Guerra Civil Española, y que lo hizo el fotógrafo más reconocido del mundo entero. Pero, a su vez, quiere que dejen de llamarlo de una vez por todas “el menor de los Capa”. El infierno en las afueras de Reno, donde lo enviaron para retratar una película que parece llamar a la muerte de manera inequívoca, no lo ayuda.
Había nacido en Budapest, Hungría, el 19 de abril de 1918 como Kornell Friedmann, segundo hijo de una acomodada familia judía conformada por una diseñadora de modas y un pensador aristocrático. En 1929, la depresión económica del crack norteamericano motivó la pérdida del local donde sus padres desarrollaban actividades intelectuales. El taller creativo se trasladó a su casa y, en las horas de reuniones adultas, Kornell debía deambular por la ciudad junto a su hermano mayor, Endré Ernö, más conocido con el apodo callejero de Bandi. De su mano, aprendió a mirar. Sobre todo cuando Endré conoció a Eva Besnyo, una muchacha que ya sabía todo sobre la fotografía. Eva y Endré se turnaban en el uso de la Kodak Brownie con Kornell colgado de sus correrías.
En 1931, cuando el almirante Miklós Horthy, regente del Reino de Hungría, estableció un gobierno fascista aliado con la Alemania nazi, Endré decidió que era hora de partir. En París consiguió un trabajo en la revista Regards para cubrir las movilizaciones del Frente Popular y formó pareja con la fotógrafa alemana Gerda Taro.
Kornell sonrió con la carta en la cual su hermano le contaba que, para conseguir algo más de dinero con las colaboraciones, habían inventado con Gerda un nuevo fotógrafo, el norteamericano Robert Capa.
En 1936, Kornell partió a París y se alojó en la casa de su hermano. Tenía el sueño de ser médico, pero cuando comenzó a trabajar imprimiendo las fotos que sacaban Endré, Gerda y sus amigos, supo que su futuro pasaba por otra parte. Al año, consiguió trabajo como laboratorista en la revista neoyorquina Life. Y en julio de 1937, recibió en Nueva York otra carta de su hermano: durante la retirada del ejército republicano en la batalla de Brunete, Gerda cayó del jeep en el que viajaba y fue arrollada por un tanque. Endré, en su memoria, había adoptado el seudónimo para siempre. Y firmaba al pie: Robert Capa.
Cuando en 1939 Kornell publicó su primera foto en la revista inglesa Picture Post no lo dudó y firmó como Cornell Capa. Poco después se nacionalizó norteamericano y pasó a formar parte del equipo fotográfico de Life.
Ella es la dueña de todos los deseos ajenos, de todos los excesos que la prensa insiste en hacer públicos y de todos los fracasos que intenta mantener en secreto.
Arrastra sus pequeños papeles en peliculitas de mala muerte, su paso en 1948 por un semestre en la Columbia Pictures, sus primeros protagónicos, su contrato con la Fox, sus clases nocturnas de arte y literatura de la Universidad de California, su relación amorosa con el archiconocido beisbolista Joe DiMaggio. Repasa mentalmente cada una de sus sonrisas en las cada vez más cotidianas tapas de diarios y revistas de todo el mundo. Recuerda el estrellato que le valió su intervención en la película Niágara y la elección de sus perfectos 94-58-92 y de sus 27 años para la tapa del primer número de una revista que haría historia, Playboy.
Desde entonces lleva a cuestas su belleza y sus olvidos de las líneas de diálogo de los guiones que sólo buscan mostrar su cuerpo y sus adicciones. Los caballeros las prefieren rubias, Luces de candilejas, La comezón del séptimo año y sus piernas eternamente ofrecidas sobre la alcantarilla del subte. Las canciones sensualmente desafinadas para los soldados en Corea, su matrícula en el Actor’s Studio, su romance con el escritor Arthur Miller, sus premios, sus abortos espontáneos, sus desnudos y sus insinuaciones muchísimo más eróticas que sus desnudos. Sus ganas de otra cosa y sus inevitables caídas cuando esas otras cosas no llegan.
Todo eso es ella cuando el termómetro marca los 40 grados en el desierto de las afueras de Reno. Allí está, mirándola y sudando, tres veces infartado, demasiado cansado de todo el circo que rodea su sexualidad, Clark Gable. El mismo Clark que, en la piel del viejo vaquero Gay Langland, le dijo a Roslyn, esa tristeza que encarna Marilyn para el film: “Algunas veces tenemos que irnos, con o sin motivo. Morir es tan natural como vivir. Y un hombre que tiene miedo a morir tiene miedo a vivir”. Allí está, mirándola y sudando, Arthur Miller, que busca de manera desesperada salvar su matrimonio dándole a su mujer ese papel dramático que reclamaba para dejar atrás tanta comedia. Allí está, mirándola y sudando, el director John Huston, que cortó la escena en la que ella aparecía semidesnuda por pedido de los productores para ganar audiencia argumentando “siempre supe que las mujeres tienen tetas”. El mismo John Huston que suspende una y otra vez la filmación para llegar hasta el casino y dar rienda suelta a su verdadera pasión, y que una de esas noches en que llevó a Marilyn para que aprovechase el precario fresco de la sala de juegos, la miró a los ojos y le dijo “querida, no lo pensés más, sólo tirá los dados. Esa es la historia de tu vida”.
Él, que sabe que las imágenes pueden llevar a cualquier persona a la acción, días después de recibir en 1954 la noticia de la muerte de su hermano al pisar una mina terrestre en Vietnam, escucha al editor de Life que le dice que con Robert Capa ya hubo bastante fotografía de guerra. Le escucha que ahora, él, Cornell Capa, debía ser el fotógrafo de la paz.
Deja Life y se incorpora a la agencia Magnum, que su hermano fundó junto a Cartier-Bresson. Cornell busca la paz, pero lo sigue la guerra. En 1955, cuando viaja a la Argentina, lo sorprende el bombardeo a Plaza de Mayo para derrocar al gobierno de Perón. Cuando visita la URSS, lo recibe el esmerilado de la realidad de la Guerra Fría. Cuando vuelve a los Estados Unidos, la miseria le da la bienvenida en cada estación de subte.
En 1960, la Magnum Photos lo envía a cubrir el rodaje de Vidas rebeldes. “Es un gran film –le dicen–: Arthur Miller, Clark Gable, Montgomery Clift, John Huston y Marilyn… Marilyn”. Cornell viaja a Reno, pero no piensa en glamour.
En el infierno de las afueras de Reno, Marilyn olvida la letra otra vez y se retira del set. El termómetro marca, obstinado, 40º ese 2 de noviembre de 1960. La filmación se suspende y Huston, que sabe que el final está cerca, sube al auto y se marcha al casino.
Marilyn apoya la cabeza en su brazo y se derrumba. Jamás estuvo tan desnuda frente a un hombre. Cornell, que sabe que la guerra lo sigue persiguiendo, toma su cámara, hace foco y sabe que nunca vio a una mujer tan desnuda como ahora está Marilyn. Los dos saben que ahí hay un final.
Pero los finales a veces tardan. Dos años después, el 5 de agosto de 1962, cansada de muchas cosas, Norma Jean Baker, hermosa y sola, mira el frasco vacío sobre su mesita de luz, recorre por última vez el cuerpo espléndido y desnudo de Marilyn Monroe, se pregunta por qué y entra a la muerte.
Tomado de Miradas al Sur