Jul 15 2012
Nacidos para correr
Los tarahumaras de México están entre los mejores corredores del mundo —y ya empiezan a ser víctimas de la guerra contra el narcotráfico. En la foto, Scott Jurek, el más grande ultramaratonista del mundo, corriendo junto al campeón Tarahumara, imágen real de una situación narrada en el libro.
Muchas veces, al mundo urbano, acostumbrado a una economía individual, le parece inconcebible que haya indígenas que prefieran vivir en la montaña, y no necesariamente bajar a ciudades o pueblos.
Tal es el caso de los rarámuris -así se reconocen a sí mismos los indígenas que viven en la Sierra Tarahamura, en Chihuahua-, quienes sólo acuden a la zona urbana de municipios o poblados como Guachochi, Norogachi o Basaseachi para que sus hijos vayan a la escuela, o en caso de emergencia, acudir a un albergue. En su concepción de vida se cuenta el hecho de vivir en el aislamiento.
Por Aram Roston
Camilo Villegas-Cruz se muestra triste cuando habla de tiempos más felices, corriendo por las sombrías profundidades del Cañón de Sinforosa, en la anárquica Sierra Madre de México. Miembro de la tribu indígena tarahumara, famosa por su agilidad y resistencia al correr, Villegas-Cruz creció compitiendo en carreras tradicionales rarajipari, en las que los concursantes patean una pelota de madera a lo largo de un sendero rocoso. Pero cuando cumplió 18 años, corrió una carrera completamente distinta —cargando una mochila de 22,6 kilos de marihuana a través de la frontera en el desierto de Nuevo México.
Hoy, Villegas-Cruz tiene 21 años y languidece en una prisión federal de Estados Unidos cerca del desierto de Mojave en Adelanto, California.
Su improbable transformación de joven atleta a mula de la droga nuestra cómo una tribu poco conocida, tras convertirse en centro de atención por un best seller, está siendo desmoronada por fuerzas fuera de su control, incluyendo la devoradora guerra antinarco de México, una economía desastrosa y una implacable sequía.
En su lengua materna, los miembros de la tribu de Villegas-Cruz se llaman a sí mismas Rarámuri —los de los pies ligeros. Sus habilidades físicas únicas eran prácticamente desconocidas para el mundo hasta 2009, cuando el libro Nacidos para correr: La historia de una tribu oculta, un grupo de superatletas y la mayor carrera de la historia (Debate, 2011 ) los hizo famosos. “Cuando se trata de enormes distancias”, escribió Christopher McDougall, “nada puede derrotar a un corredor tarahumara —ni siquiera un caballo de carreras, un guepardo o un maratonista olímpico”. Entre los personajes del libro está un campeón tarahumara que corrió 700 kilómetros, y otro que ganó un ultramaratón de 160 kilómetros en Leadville, Colorado, con una facilidad casi despreocupada. McDougall describió a los reservados tarahumaras como “las personas más amables y más felices en el planeta”, y “benignos como Bodhisattvas”.
El mensaje principal —que la naturaleza quiso que los seres humanos corrieran— tocó un punto sensible en Estados Unidos, donde el libro tuvo un impacto sorprendente entre los corredores aficionados (y en el negocio de los zapatos para correr, que mueve US$ 2,3 mil millones anuales).
El libro puso de moda correr descalzo, incluyendo los populares “guantes para los pies”, que es casi como no llevar calzado.
Pero existe un giro doloroso en este relato. De acuerdo con abogados defensores, oficiales antinarcóticos y algunos indígenas tarahumaras, los traficantes de drogas están explotando el mismo rasgo de los tarahumaras —la resistencia— que resultó crucial para su supervivencia. Los agentes de los carteles reclutan a los empobrecidos tarahumaras para hacer una extenuante odisea transportando drogas a pie al otro lado de la frontera con Estados Unidos.
Los abogados defensores estadounidenses de la frontera suroeste dicen que los narcotraficantes tarahumaras son un creciente segmento de su clientela. Ken Del Valle, abogado de El Paso, Texas, dice que representó a más de una docena de indígenas desde 2007, todos por “transporte de drogas en mochilas”. Es imposible obtener estadísticas, ya que los organismos oficiales no diferencian entre los indígenas y otros mexicanos, pero Del Valle dice que es precisamente la aptitud de los tarahumaras para las carreras de resistencia lo que hace que sean reclutados en tan grandes números: los carteles “pueden ponerlos en el desierto y decir simplemente, ‘¡corre!’”.
Del Valle dice que cuando aparecieron los primeros casos, los tribunales estadounidenses no estaban bien equipados para tratar a los acusados. En uno de los primeros casos, recuerda, un tarahumara fue liberado cuando el tribunal no podía encontrar a un intérprete. Ahora, los abogados y jueces tienen un traductor de turno.
Don Morrison, un subdefensor de oficio federal, representó por primera vez a un tarahumara en 2010. “No tenía ni idea de que justo al otro lado de la frontera existía una tribu de personas que vivía de este modo”, me dijo. Muchos varones tarahumaras todavía llevan sandalias hechas a mano, taparrabos parecidos a faldas y túnicas de colores brillantes. “Si la guerra contra el narcotráfico empieza a involucrar a los tarahumaras”, dice, “entonces nadie es inmune”.
Hasta hace poco, los tarahumaras habían estado protegidos parcialmente por la temible geografía de la región en la que habitan —las montañas de la Sierra Madre. El terreno es psicodélico: zócalos y rocas y salientes imposibles. Los cañones se extienden por más 1,6 kilómetros, aunque los tarahumaras se desplazan por los despeñaderos como si fueran escaleras. Pero en décadas anteriores, rancheros, mineros, leñadores y narcos se movieron cada vez más cerca de los enclaves tarahumaras tradicionales. Uno de los últimos libros de viajes que hablan acerca de la región fue el aclamado God’s Middle Finger (“El dedo medio de Dios”), publicado en 2008 por el autor británico Richard Grant. Describe una reyerta con matones armados, y termina con esta idea: “no quiero volver a poner un pie en la Sierra Madre”.
Para empeorar la situación, los habitantes padecen la peor sequía en 70 años. Muchos tarahumaras viven al límite y cultivan solo lo suficiente para sobrevivir. Ahora, los agricultores no pueden lograr que la mayoría de las plantaciones crezcan, y el invierno pasado una inusual ola de frío acabó con gran parte de sembrado. Eso dejó a los indígenas en la desesperación —y los hizo presa fácil de los capos de las drogas que buscan mulas para llevar sus productos al norte.

“Se trata de personas que pueden correr 80 kilómetros prácticamente sin beber agua… Han estado entrenando indirectamente [para el contrabando fronterizo] durante 10.000 años”, afirma McDougall, autor de Nacidos para correr. “Es simplemente trágico y vergonzoso. Es una cultura que hizo todo lo posible para mantenerse fuera de todos estos desórdenes del mundo y ahora los desórdenes han venido y los han encontrado”.
“No puedo ni siquiera dimensionar el impacto cultural de la industria de la droga sobre los tarahumaras”, dice Randy Gingrich, un estadounidense que vivió durante 20 años en Chihuahua. Pasa gran parte de su tiempo en las Sierra Madre y su ONG, Tierra Nativa, combate las amenazas de mineros, leñadores, narcotraficantes y operadores turísticos contra los tarahumaras y otras tribus indígenas. Dice que una vez, un antiguo capo de la droga desalojó a los tarahumaras a la fuerza de sus hogares ancestrales para que él pudiera construir una gigantesca pista de esquí de pasto artificial que da al cañón de Sinforosa de 1.828 kilómetros. El proyecto no se concretó porque el traficante murió en un accidente de aviación.
En el pueblo de Guachochi, una mujer tarahumara llamada Ana Cela Palma dice que conoce a cuatro indios que se volvieron “mulas” y han hecho la caminata a Estados Unidos para los carteles. Ninguno recibió el pago prometido, dice. “Logran regresar, pero en muy malas condiciones”, dice. Estaban deshechos físicamente, empobrecidos y enojados, dice.
Palma me llevó de un pequeño asentamiento llamado Norigachi, a lo largo de una camino alto abierto por leñadores, hacia un valle pequeño y tranquilo. En el extremo oriental del valle, más allá de una elevación poco profunda, encontramos a un chamán tarahumara, conocido como Owiruame, sentado sobre una pila de rocas. José Manuel Palma tiene 82 años y es pariente lejano de Ana Cela. La cara del anciano se iluminó cuando le pregunté sobre las carreras. Solía ser un corredor de fondo, dijo, y estaba orgulloso de ello, aunque ya no hay muchas competencias en la comunidad. Ahora, su trabajo es curar enfermos, principalmente a través de los sueños. Los tarahumaras creen que las personas poseen varias almas, y que la enfermedad se produce cuando las almas pierden su equilibrio. “Este es el nivel más alto de chamanismo en la Sierra”, explica Gingrich. “Son llamados soñadores —las personas que sueñan por otros”.
Palma dijo que “los traficantes no se han acercado a los jefes tradicionales de los tarahumaras”, y en lugar de ello, reclutan a los más jóvenes, quienes a su vez reclutan a sus amigos. Así fue como su sobrino, Alfredo Palma, se involucró. Fue abordado por un amigo tarahumara, que aparentemente planeaba llevar una carga para los traficantes y deseaba tener compañía.
Los registros judiciales en EE. UU. muestran que a Alfredo Palma, de 29 años, se le ofrecieron US$ 800 por hacer la peligrosa caminata al otro lado de la frontera —más de lo que un tarahumara promedio podría ver en un año. Cuando Palma y otros siete mochileros caminaron a través de la fría noche del desierto, en la frontera con Nuevo México, un radar infrarrojo los detectó. Cuatro hombres lograron huir, pero la Patrulla Fronteriza halló a Alfredo y a otras dos personas tratando de esconderse detrás de algunos arbustos. Cerca de ahí, en sus mochilas, había 118 kilos de hierba mexicana.
A 27 metros de donde se encuentra Jose Palma, un hombre usa un caballo para arrastar un arado a través de algunos campos secos, y el viejo tarahumara dice que el hombre es uno de sus hijos. El anciano dijo que rezaban por lluvia, pero mientras tanto, su otro hijo se había mudado a la ciudad de Chihuahua para buscar trabajo.
También fue la sequía la que hizo que Camilo Villegas-Cruz buscara trabajo en otro lugar. Su padre no podía cultivar suficientes frijoles, arvejas y maíz para sobrevivir en su ranchería. Así que cuando Villegas-Cruz y uno de sus hermanos fueron abordados en enero de 2009 por un desconocido que ofrecía pagarle US$ 1.500 a cada uno por convertirse en mulas, ellos aceptaron de inmediato.
Una noche, se echaron al hombro sus mochilas de 22,6 kilos y salieron de una pequeña granja cerca de la frontera. Caminaron media hora para llegar a una sección descuidada del desértico cruce de fronteras a EE. UU. En el pecho, llevaban paquetes más pequeños con comida y agua. Marchando toda la noche en el desierto, se detenían al amanecer, y escondían los enormes paquetes de marihuana antes de dormir. Era una caminata extenuante, y al tercer día despertaron con un helicóptero de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos sobre ellos.
Fueron arrestados y acusados de conspiración con el propósito de distribuir estupefacientes, y podían haber enfrentado sentencias de 20 años. El juez estadounidense en Los Cruces, Nuevo Mexico, los envió de vuelta a México, con una sentencia de tres años de libertad sin supervisión.
Cuando Villegas-Cruz regresó a casa, sus padres estaban furiosos, dice. Su madre sollozó. Pero muy pronto, la vida volvió a la normalidad. Conoció a una chica tarahumara y se enamoró de ella. Asistió a los tradicionales festivales de cerveza de maíz. Se ofreció como voluntario en una competencia tarahumara de 80 kilómetros, llevando una antorcha durante la noche para alumbrar el camino a los corredores que paseaban una pelota detrás de él al viejo estilo de
la tribu. La competencia había sido organizada por un legendario ultramaratonista, Micah True. True, un estadounidense apodado “Caballo Blanco”, pasó muchos años trabajando a favor de los tarahumaras, y es uno de los personajes principales de Nacidos para correr. Murió en marzo de una enfermedad cardíaca mientras corría.
Pero la familia de Villegas-Cruz aún pasaba apuros. Así que se puso en camino otra vez para encontrar trabajo. Primero, sembró chiles para un agricultor: ganaba US$ 10 diarios por un trabajo agotador bajo el calor del verano. Entonces surgió una propuesta más lucrativa. “Tengo un trabajo para vos”, le dijo un hombre apodado Cholo, recuerda Villegas-Cruz. “Sólo serán tres días”.
Conocía los riesgos, pero dice que la paga era demasiado buena para rechazarla. Dice que los traficantes lo llevaron a una tienda en el pueblo y le compraron ropa, zapatos nuevos y un abrigo para mantenerlo cobijado mientras caminaba durante las frías noches del desierto. Sin embargo, había una trampa: el costo de la ropa saldría de sus US$ 1.500, le dijeron los agentes del cartel. Por lo menos hasta que terminara su misión, Villegas-Cruz estaba endeudado con los contrabandistas, y no podía dar marcha atrás.
Fue conducido en la caja de una camioneta hasta un pequeño rancho cerca de EE. UU., donde las mochilas ya estaban preparadas —pesados sacos de arpillera atados con cinta adhesiva, llenos de paquetes comprimidos de marihuana. Villegas-Cruz se echó al hombro la pesada carga, y con unos cuantos hombres más, caminó durante la noche con sus nuevos zapatos, detrás del guía. Cruzaron la frontera en media hora, y pronto caminaban ya por el desierto de Nuevo
México. En un territorio poco familiar, Villegas-Cruz se puso nervioso y quería regresar. “Estaba muy triste, y muy asustado”, dice. Pero sin un guía, sabía que nunca encontraría el camino de regreso al cañón de Sinforosa.
Tres días después, empezó a llover, y mientras caminaba con dificultad con su inmensa mochila llena de marihuana, se resbaló y cayó. Cubierto de barro, siguió caminando. Para entonces ya estaba totalmente aterrorizado, dice. En la mañana del cuarto día, la Patrulla Fronteriza lo encontró a él y a otros dos hombres. El guía, que no llevaba la misma carga que las “mulas” a las que guiaba, logró escapar.
Villegas-Cruz se declaró culpable de conspiración por posesión de estupefacientes con el fin de distribuirlos, y por volver a entrar al país ilegalmente, y esta vez fue condenado a 46 meses. “Algún día”, dice, vistiendo el uniforme de la prisión, “volveré a casa y nunca regresaré aquí”.
Tomado de infonews.com


