Feb 23 2010
LEYENDA DE AMOR: Iztaccihuatl y Popocatepetl

Una recreación artística de la leyenda

Las montañas….
¿Sienten que perdura la tibieza del recién pasado Día de los Enamorados? Pues les invito a leer la milenaria historia azteca de Iztaccihuatl y Popocatepetl, que ha llegado a nuestros días con la frescura de Cupido y la solidez de los volcanes
Por MAGGIE MARÍN
“Hora es ya de hacer mayor el señorío del Anáhuac”, dijo el emperador. Así que capitanes, caballeros, y soldados lucharon durante dos lunas con valentía y denuedo. Sin tregua. Ahora, cuando las huestes regresan sumidas en el abatimiento y la tristeza y con los vestidos hechos jirones, las adargas rotas y los penachos de plumas destrozados, al joven se le ve llegar sereno, altivo, gallardo y entre los primeros.
Pero cuando en la noche, incrédulo, mire el cuerpo inerte de su amada Xochiquétzal, el soldado que consiguió domeñar sus fuerzas para regresar vivo en aquel contingente azteca que viajó a las tierras del sur para conquistar a olmecas, xicalangas y zapotecas, perderá al instante su apostura. Ya no tendrá a quién expresarle que combatió con virilidad, rudeza y denuedo. Sentirá que sólo ahora la derrota lo abate, lo agota, le desgarra las vestiduras y el tocado, le cae encima y lo sepulta.
La bella y el guerrero habían cambiado una mirada y, por un instante, para ninguno de los dos existió el caos que los rodeaba: la oficialidad y la tropa diezmada y empequeñecida más por la vergüenza que por su exiguo número; las mujeres que llorando, corrían a esconder a sus hijos para evitar que fueran testigos de tamaña afrenta.
La muchacha perdió el habla y empalideció, pero luego, furiosa, partió a enfrentarse al padre y al tlaxcalteca que éste le había impuesto por marido tras jurarle que su joven enamorado había muerto. Llovieron las recriminaciones, los insultos, las ofensas. Luego, alzando el ruedo del amplio huipil, corrió por la extensa llanura como una loca.
Tras ella parte el despechado esposo. Pero el guerrero, que no había perdido detalle, lo alcanza y esgrimiendo su macana dentada, con dientes de jaguar y jabalí incrustados, enfrentó el venablo con erizada punta de pedernal que había extraído su enemigo. Fue, dice el relato que hoy renuevan orgullosos los mexicanos, una pelea larga y dura.
Al atardecer huye el marido herido de muerte y puede al fin el vencedor buscar a su amada. Pero, ya lo sabemos, muerta la encuentra en mitad del valle. Cae de rodillas pues, cual si lo hubiesen abandonado todos los dioses y todas sus fuerzas. Luego llora, cubre de flores el cuerpo y permanece a su lado, trémulo y como hincado allí para siempre.
Mientras esto ocurría, en el vasto valle de Anáhuac las nubes se cargaron, el cielo se encapotó a velocidad de vértigo y sobrevino una tormenta nunca antes vista. Tembló la tierra, llovieron piedras de fuego, y los que presenciaban la escena corrieron a resguardarse.
Pero cuando nace el nuevo día, despejado, fresco y soleado, nadie halla rastros de la pareja, aunque en el teatro de la tragedia se alzan ahora dos montañas volcánicas. En una, el cono aún echa humo, cenizas y alguna que otra piedra ardiente. La otra, contigua, es de líneas suaves, de formas que a todos recuerdan las redondeces de una mujer acostada.
Lo antes descrito es apenas parte de una de las más hermosas leyendas de amor que atesora la cultura de México y aún de Latinoamérica toda, de esas que violentando el clásico olvido por el decurso del tiempo, han pasado de padres a hijos desde hace más de 500 años.
La muchacha cuyo nombre hacía gala de sus atributos –porque Xochiquétzal significa hermosa flor– era hija del emperador azteca, y se enamoró del humilde guerrero, aún a sabiendas de que su padre pretendía casarla con un noble. Así, mientras ella soñaba con su galán, el soberano se encomendó perentoriamente a los dioses, y apeló al socorrido método de despachar al soldado a aquella guerra de tintes bien cruentos, una de tantas en esa época, en esos territorios.
La muerte del guerrero, pensó, terminaría de una vez con su problema. Padre y pretendiente convencieron a la joven de la desaparición del muchacho.
Aunque hay dos versiones del mito, el final de ambas acredita con justeza estos refranes populares: Uno, la mentira tiene patas cortas. Otro, lo que mal empieza, mal acaba.
Según una narración, es tras conocer la noticia fatal que muere de pena la doncella, tan inmaculada como nació. Según la otra, más difundida y justamente la que le estamos contando, aún en medio de su desolación, Xochiquétzal no tiene otro remedio que cumplir la voluntad real y lo que rompe su corazón, más que el engaño, es que el galán sepa que tuvo que entregarse a otro. Por sobre todo, aseguran, muere de vergüenza.
De modo que son frustraciones y pasiones las que impelen al joven guerrero y al ya maduro noble a enfrentarse en un duelo definitorio, desenlace que, vale admitirlo, es casi idéntico al de tantas otras historias similares que ha forjado el ser humano en todas las latitudes y épocas, más allá de diferencias culturales, de supersticiones muy exclusivas y hasta de cosmovisiones disímiles. Todas, sin embargo, dejan el mismo gustillo amargo y rancio: las muchas injusticias de que ha sido objeto la mujer a lo largo de la historia humana.
Las versiones coinciden en que, roto de dolor, el enamorado cargó a su amada y la llevó lejos. Aunque lo ciertamente indiscutible es la presencia, en medio del inmenso valle de Anáhuac, de los volcanes Popocatepetl (montaña humeante) e Iztaccihuatl (mujer dormida y nombre actual del collado que recuerda a la moza), los que aún exhibiendo en sus cimas nieves perpetuas, semejan al guerrero arrodillado y a la mujer acostada.
Se hallan en un parque nacional que lleva sus nombres, ubicado al este de Ciudad de México y que, con una superficie de 25 mil 679 hectáreas, se extiende por cuatro municipios de ese estado, por cinco del de Puebla y uno de Morelos. El Popo, como más se le nombra, es la segunda mayor elevación de México en razón de sus 5 mil 482 metros. Con 5 mil 386, el Iztaccihuatl es la siguiente.
Están muy cerca, aunque entre ambas existe un paso a través del cual, precisamente, las fuerzas españolas al mando de Hernán Cortés llegaron en 1519 a la gran Tenochtitlán, en nuestros días la ciudad de México.
Nadie que las observe niega que mientras una semeja una mujer la otra, como el volcán activo que es, apenas deja de echar humo, por lo cual muchos comentan que los efluvios son símbolo de los suspiros y el sufrimiento perpetuo del guerrero ante la mujer amada que yace muerta a su lado.
Los cronistas afirman que durante muchos años y hasta poco antes de llegar los españoles, las doncellas muertas por males de amores eran sepultadas en las faldas del Iztaccihuatl. Y lógico fue, porque las montañas, donde se escurren las aguas que vivifican los campos, eran dioses del panteón azteca. La costumbre imponía, pues, ofrecerles cantos y flores.
Mito y leyenda por una parte, atisbos de verdad por la otra, lo que no falta en la fábula de la pareja son los aderezos más clásicos del género: sangre, sudor, lágrimas y muerte.
Sepamos, no obstante, algo curioso: una dama que recién fue a contemplar el Popocatepetl escribió lo siguiente en uno de esos sitios Web donde muchos cuentan sus cuitas: “Juraría que ayer, entre el humazo de su pico, vislumbré unas enormes plumas carmesíes y doradas, como si el guerrero alzara la cabeza penígera para gritar al mundo su dolor”.
“No me hagan mucho caso –ampliaba– sólo soy una vieja con muchas fantasías y posiblemente fue únicamente fuego lo que vi. Mas… en ese caso, ¿Qué es este quejido penetrante, oculto y lastimero, que hurga en mi corazón desde entonces?…”

Hola Maggie:
Qué idea tan sorprendente al escribir una historia que me ha tirado 57 años atrás, de golpe.
El primer libro que leí entero fue “Oros Viejos”, de Herminio Almendros, compila 38 cuentos de temas y tierras tan distantes como:
Aztecas, Mayas, Caribes del Orinoco, leyendas de América del Norte, Nueva Zelanda y Grecia; cuentos chinos, japoneses, indios, árabes, rusos, escandinavos, británicos y de los Países del Rin, también alguno africano, del Níger
Tenía yo cinco o seis años y acababa de aprender a leer gracias al esfuerzo de una maestra de pueblo, negra, que le cobraba a mi padre 0,20 céntimos mensuales por enseñarme el Cristo, A, B, C… y a escribir, poco a poco.
Aquella maestra jamás se me olvidó, aún vive en Banes y a veces le hago llegar saludos vía Internet, aunque ella no se atreve a acercarse a la compu y desde cuatro metros de distancia oye como mi prima le lee mis mensajes.
En “Oros Viejos”, que ahora mismo tengo abierto delante de mí -jamás me desprendí de él y me lo traje a España-, aprendí a subir las montañas que me llevaron por primera vez a la ancha meseta de Anáhuac.
El ejemplar que me traje de Cuba es de la Editorial Gente Nueva, 1989, y será el primer regalo que le haré a mi primer nieto.
De igual forma también trajimos el litro de aliñao de mi hijo, hecho cuando él nació siguiendo una antigua tradición del oriente cubano, que descrita en pocas palabras es algo así: durante el embarazo de la madre, el padre prepara un garrafón de un licor que se consigue con ron, aguardiente y dulces en almíbar.
Cuando el nené llega a este mundo, se le guarda un litro bien sellado con cera; el crío se hace mayor y un día él decide hora, lugar y razón por la cual abre ése litro para brindar con su familia.
En nuestro caso todo pinta que mi hijo lo abrirá el día que sea padre. Ahora mismo “saboreo” ese aliñao que tiene casi 27 años de añejamiento. Y cuando el primer nieto se anuncie, mi hijo y yo haremos el aliñao, como si viviéramos en Oriente… ¿qué te parece?
Pero… vuelvo a “Oros Viejos”, leyendo el cuento “El amor de los volcanes” conocí las riquezas de la ciudad de Tenochtitlán, soberana capital de Anáhuac.
Mi imaginación me permitía tocar el oro y ver los altares de los sacrificios.
Con el invencible Popocatépetl atravesé selvas, subí a las montañas, crucé torrentes y lagos.
Según leía aquel cuento, también me sentía invencible cuando combatía junto a él, sin tregua.
No eres capaz de imaginar lo mocoso que me ponía al leer el párrafo que relata cuando el señor de Tlaxcala salió al encuentro del invencible Popocatépetl para (refiriéndose a su hija Ictaccihuatl, ya muerta) decirle:
“Te la guardé, hijo mío, pero te la quitó la muerte”.
Aquellas palabras me hacían llorar como un descosido. Y en las noches, antes de dormir, alucinaba como el héroe, y con él me ponía a amontonar las rocas altas para alcanzar las estrellas.
No iba solo Popocatépetl con su amada en brazos, no lo creas. También la llevaba yo en los míos, subiendo los escalones de las montañas, hasta depositarla en las cumbres.
Junto a ella, este mocoso vejigo de cinco años también se arrodilló, alumbrando el rostro de la princesa con una antorcha.
Desde entonces y hasta que desperté de aquel sueño, que me duró un par de años, éramos Ixtaccihuatl y yo quienes perfilábamos nuestras cumbres nevadas bajo el cielo de Anáhuac, mientras Popocatépetl me miraba sonriente y me guiñaba un ojo como quien dice:
“Compay, nunca se sabe pa´quién se gana una guerra”.
Ese cuento ha venido conmigo desde entonces, han pasado 56 o 57 años, pero lo sigo recordando como una hermosa estampa de amor.
Gracias, Maggie
27 de febrero de 2010 21:40
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¿Y QUE DICES TU?
¿Las ilusiones te llenan de motivación??
¿Las desilusiones matan tus ganas, o te fortalecen las ganas de mostrar al mundo que vales y que si se puede lo que dieron por derrota??
Vaya que sí están complicadas las respuestas, porque en cada momento que te encuentres tendrías una diferente. No sé cómo explicar lo que sucede en cada caso, solo se lo vive, se lo siente, se lo disfruta y llega solito sin llamarlo, sin aviso, tan solo te das cuenta cuando está ya invadiendo tu vida.
¿Esto es parte de vivir, es parte del recordatorio humano de que existimos y somos seres vulnerables también y que no somos inmunes A nada???? Qué mismo es?
Sabes, te extraño, quizá al principio fuiste tan solo una salida, pero conforme fue pasando el tiempo me fui enamorando, digo enamorando porque no comprendo que otro significado puedo darle a lo que siento y sentí al estar contigo.
Si tan solo tu olor, tu aliento, tu sudor… tan solo tus abrazos, tu voz, tu….. Tan solo tú, me hacías o mejor dicho me haces volar, tranquilizar, desequilibrar, comprender, sonreír, ME HICITE SENTIR ALGO QUE LO DABA POR PERDIDO…. Y lo más extraño…. Sin hacer nada tan solo estando ahí, junto a mí.
Ahora me pregunto, ¿si todo lo que recibí fue falso, por qué me sentí y me siento completa cuando estoy con él, se supone que a kilómetros se debe sentir una incomodidad cuando existe un rechazo cuando hay de la otra parte un sentimiento falso, y eso, que todos tenemos, está adentro de cada persona, lo que supuestamente es transparente cuando se siente con el corazón, ¿también podría falsear un sentir?
¿En qué mundo vivimos, que es lo real y lo ficticio?
¿Hasta dónde hemos evolucionado?
¿Mi alma empezará a mentir??
¿Muerte sin vida o vida con agonía?
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ALOMEJOR MUCHAS PERSONAS NO CREN EN ESTAS LEYENDAS PERO AY PERSO COMO YO QUE SI CREMOS EN NUESTROS ANTEPASADOS ,MUCHOS EN GERRAS U OTROS EN EL AMOR COMO EL POPO E IZTACCIWATL ELLOS SE QUEDARON EN NUESTRA SOSIEDAD PARA RECORDARNOS QUE NO INPORTA SI AY CONFLICTOS O PROBLEMs pero siempre ba a fortalesernos el amor como a ellos que apesar de que ella ya no existia el elijio estar siempre junto a ella y como aoras los vemos un gerrero enamorado belando el sueno de su princesa dormida.
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Bueno la historia esta buenisima pero triste al final
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son pocas ls mujeres que son valientes y guerreras .
ELLOS SE QUEDARON EN NUESTRA SOSIEDAD PARA RECORDARNOS QUE NO INPORTA SI AY CONFLICTOS O PROBLEMs pero siempre ba a fortalesernos el amor como a ellos que apesar de que ella ya no existia el elijio estar siempre junto a ella y como aoras los vemos un gerrero enamorado belando el sueno de su princesa dormida.
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I like your blog.
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