Nov 02 2009
LOS GOLPISTAS Y LOS MUERTOS

Por Maggie Marín
La llamada solución a la crisis hondureña llega en medio de los acostumbrados homenajes que reciben los muertos por estas fechas, de modo que es preciso esperar a mañana martes para que empiecen a destrabarse los enmarañados y espinosos hilos del operativo reaccionario más inaudito y brutal de los últimos años en la región: el golpe de estado contra el paupérrimo país centroamericano que había apostado al ALBA (la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América) para comenzar a trazarse otros destinos.
Antes de hurgar en los laberintos del beneplácito que deben atorgarle, o no, la Corte Suprema y el Congreso al acuerdo alcanzado por los negociadores de Manuel Zelaya y del tiranuelo Micheletti el viernes último, habría primeramente que cuestionar si este arreglo podrá solucionar una crisis que es mucho más profunda de lo que parece; o mejor, de lo que nos quieren hacer creer. Y no hablaremos aún de la pertinencia, o no, de varios de los doce puntos del citado acuerdo.
Lo segundo imposible de olvidar es que los líderes de la resistencia hondureña –¡heroica! hasta el punto de que Washington no la esperaba ni la ha podido quebrar— sustentan con mucho tino que además de la restitución de su legítimo gobernante quieren la restauración de todos los beneficios que han perdido, y una constituyente.
Recordemos, fue nada menos que la inclusión de la pregunta sobre una posible constituyente lo que desató las furias de la reacción –local y foránea—, el madrugón del 28 de junio y con ello el golpe de estado, la violencia y las más incuestionables violaciones a los derechos humanos: acosos, detenciones arbitrarias, torturas, ejecuciones extrajudiciales, asesinatos.
Y ya sabemos cómo fueron enfrentadas las constituciones aprobadas en Venezuela, Bolivia y Ecuador por Gringolandia, más la derecha y a las oligarquías locales que maneja a su antojo. Con todo. A caja destemplada. Sin misericordia.
No creo sea tan simple, entonces, un borrón y cuenta nueva. Menos cuando el susodicho es el resultado ni siquiera de la tutela sino de las presiones ejercidas en vivo y en directo por el inefable subsecretario de Estado gringo para el hemisferio occidental, Thomas Shannon, quien hace solo unos días dijo respecto a la intensión de Zelaya de regresar a la presidencia antes de las elecciones: “Ese es el tema más provocativo y uno que revisaremos de cerca”. ¡Mira tú!
Sí creo que detrás de esta jugada tan próxima a las elecciones del venidero día 29 se mueve el interés de que Honduras llegue a esa fecha vital en brazos de la OEA y por supuesto del país del norte, encargado de conducirla de nuevo por los históricos senderos que Washington trazó para ella.
¿Qué ahora todo marchará sobre ruedas? Posiblemente, pero será gracias a manipulaciones y juegos sucios. Pero lo peor, a mi juicio, es que resulta que la solución a la crisis habrá que asentarla como un triunfo diplomático del más flamante Nóbel de estas latitudes, Barack Obama. Luego entonces, como dicen ahora por ahí los falsimedios, EEUU logró lo que no pudieron ni la OEA, ni el Nóbel Oscar Arias, ni la Unión Europea, ni la ONU.
Nada menos que Estados Unidos, el artífice por excelencia del oscuro pasado, el revuelto presente y lamentablemente también del futuro inmediato de Honduras, convertido en su salvador. Estados Unidos, el mismo que en diciembre reconocerá al nuevo gobierno (entreguista y de derecha por supuesto), y aquí paz y en el cielo gloria. ¡Y todavía algunos le creen a Obama cuando dice que no intervendrán más en los asuntos latinoamericanos. ¡Terrible! Por suerte será el pueblo hondureño quien más temprano que tarde pronunciará la última palabra.