América despierta

Otro punto de vista sobre estas latitudes

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Oct 27 2009

DE FIDEL PARA EVO EN SUS 50

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Por su importancia y trascendencia reproduzco la misiva de Fidel al líder boliviano, en su 50 cumpleaños.

Querido Evo:

La Revolución Cubana triunfó el 1 de Enero de 1959. El 26 de octubre de ese mismo año naciste tú.

Desde entonces hemos resistido a lo largo de medio siglo las agresiones de la más poderosa potencia imperialista de la historia.

Durante ese mismo tiempo viniste al mundo en cuna muy pobre, estudiaste en humildes escuelas, cultivaste tu preclara inteligencia, luchaste sin cesar y hoy diriges un país que fue parte de la admirable cultura aymara-quechua de tus antepasados.

Me complace felicitarte especialmente en este 50 aniversario de tu vida. Hoy es una fecha alentadora para todos los pueblos de Nuestra América.

Fidel Castro Ruz

Octubre 26 de 2009

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Oct 27 2009

Kmilo100fuegos en el recuerdo (I)

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Por Maggie Marín

Largos y negros el cabello y la barba. Delgado el cuerpo. Sombrero alón. Sonrisa amplia, franca, contagiosa; en fin, una bella sonrisa. Las mangas siempre recogidas en los codos. Esa es la imagen que tengo prendida en las retinas desde mi niñez. El que fue y será por siempre. Pero el Señor de la Vanguardia, el héroe de la Sierra Maestra, de la invasión y de Yaguajay, es mucho más.

Tenía apenas 27 años cuando saltó para siempre a la inmortalidad. ¿Cómo se puede en tan corto tiempo hacer tantas y tamañas proezas en la guerra y en la paz y quedarse entre nosotros no solo como un héroe, también como un cubano más? Porque Camilo sigue arropado por una presencia que más allá de sus hazañas, es símbolo de una muy cubana alegría de vivir.

Estaba a punto de cumplir mis 12 años. Desde el histórico 1ro de enero y a contracorriente de la sobreprotección familiar me había zambullido en el tropel de una revolución que daba sus primeros pasos y que sin pedir permiso, sin apenas permitir que lo dedujésemos empezó a madurar a toda mi generación.

Madurez, claro, forjada en y por lo acontecido dentro y fuera de fronteras. Atrás quedaba la niñez sin remordimientos ni tristezas. Pero aquel fatal octubre de 1959 ocurrió algo para lo que aún no estábamos listos: Camilo había desaparecido y hasta los niños estábamos tristes, perplejos y atormentados. Pasaban las horas, y los aviones y los barcos que lo buscaban por aire, tierra y mares, regresaban sin noticias.

En medio del angustioso operativo, alguien –nunca supe quién ni sus objetivos— lanzó un rumor, ¡Apareció Camilo!, que corrió como reguero de pólvora. Y Cuba fue una fiesta. En calles y avenidas los automovilistas hacían sonar las bocinas sin descanso, y los que viajaban en ómnibus gritaban y golpeaban con manos y pies pisos y ventanillas. En casas, fábricas, oficinas y escuelas hasta los desconocidos se abrazaban llorando. “¿Viste? ¡! Apareció Camilo!!”.

Luego la mala nueva cayó luego como piedra. No había aparecido el legendario Comandante de la gran sonrisa. Entonces se redobló la búsqueda, aún cuando todo indicaba que sería baldío.

Un mes y días antes el curso escolar había comenzado cumpliendo una de las más nobles promesas de la Revolución, convertir los cuarteles en escuelas. La decisión se materializó primero en el hasta entonces Campamento Militar de Colombia, en el barrio habanero de Marianao. Ese día de la entrega de aquella enorme escuela que ya para siempre fue Ciudad Libertad, muchos “locos bajitos” tuvimos el honor de estar presentes. En la tribuna y rodeados de la algarabía infantil, estaban Fidel, el Che y Camilo. ¡Bien que los recuerdo!

Camilo ejercía en mí una fascinación especial. De modo que aquella tórrida mañana del bautizo de Ciudad Libertad no me perdí ni una de sus miradas, ni uno solo de sus gestos, ninguna de sus sonrisas. Los retenía para siempre en la memoria. Mis pupilas infantiles, lógico, se prendían de los tres héroes, iban de uno al otro, pero siempre empezaban y terminaban en Camilo.

De modo que cuando lo seguían buscando con la esperanza como única certeza yo recordaba las miradas, los gestos y las sonrisas de los tres, pero en especial –con pelos y señales— las miradas, los gestos y las sonrisas de Camilo. Y lo evoqué de nuevo, llorando, cuando agotadas las ilusione, la verdad golpeó en toda su dimensión: nunca más lo volvería a ver.

Así, a lo largo de nuestras vidas aquellos cubanitos que hoy peinamos canas seguimos conectados a Camilo. Profundizamos en la historia de sus luchas, leímos e indagamos anécdotas de su vida. Por eso hoy estoy convencida de que jamás lo abandonó su alma de niño alegre, juguetón, simpático y travieso.

Dicen que gustaba de jugar a las bolas, al “taco” y a los escondidos; que era muy inquieto “Camilucho”; que siendo un adolescente disfrutaba tirando con una escopetica de perles, montando bicicleta, levantando pesas y haciendo ejercicios; que luego se siguió esculpiendo a si mismo como amigo excepcional y excelente hijo. Además se convirtió en un bailador de primera. Tenía, dicen, una envidiable simpatía natural y un gran sentido del humor.

Era, además, un patriota empedernido. Se deleitaba leyendo escritos de Antonio Maceo, y por azares de la vida fue herido de bala en una pierna en diciembre de 1955, durante un enfrentamiento con la policía del tirano Batista, en medio de un homenaje al Titán de Bronce.

Luego, cuando en plena guerra de liberación en la Sierra Maestra, Fidel le habló de la invasión de oriente a occidente (una proeza realizada por vez primera durante la Guerra de los 10 años contra España gracias precisamente al tesón y la audacia de Maceo), le lanzó: “Ese es el sueño de mi vida. El día que me mandes, bailo un mambo y un Cha cha chá”.

Ningún homenaje mejor en este aniversario 50 de su muerte, que esta definición, este perfil que hiciera el Che de su amigo, de su hermano Camilo:

“No hay que ver a Camilo como un héroe aislado realizando hazañas maravillosas al solo impulso de su genio, sino como una parte misma del pueblo que lo formó, como forma sus héroes, sus mártires o sus conductores en la selección inmensa de la lucha, con la rigidez de las condiciones bajo las cuales se efectuó. Camilo era hombre de ellas, de mil anécdotas, las creaba a su paso con naturalidad. Es que unía a su desenvoltura y a su aprecio por el pueblo, su personalidad; eso que a veces se olvida y se desconoce, eso que imprimía el sello de Camilo a todo lo que le pertenecía: el distintivo precioso que tan pocos hombres alcanzan de dejar marcado lo suyo en cada acción. Ya lo dijo Fidel: no tenía la cultura de los libros, tenía la inteligencia natural del pueblo, que lo había elegido entre miles para ponerlo en el lugar privilegiado a donde llegó, con golpes de audacia, con tesón, con inteligencia y devoción sin pares”.

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