Oct 21 2009
“Ahora yo soy el abogado de ustedes”

El Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque murió hace 40 días. Esta crónica testimonial que escribí en su homenaje aparece en la Bohemia del 25 de septiembre.
Por MAGGIE MARÍN
El teléfono sonó al filo de la madrugada. Saludos, presentación, y fecha y hora y lugar de la cita. Con el auricular en la oreja, medio turulata, escuché cuando su ayudante colgó. Le conté a mi marido y nos miramos incrédulos, porque hacía apenas dos días que le habíamos dejado la carta con nuestros reclamos. En nuestros predios, un auténtico bombazo.
Nunca se me olvida que fue un martes. Llegamos unos minutos antes, pero listos para hacer antesala el tiempo que fuera. También nos dispusimos favorablemente a hacer nuestro descargo a un subalterno y no directamente a él si así lo hubiese establecido. Incluso estábamos preparados para que nos cocinara a fuego lento con preguntas, dudas y confirmaciones. Al fin y al cabo, aparte de que no era mago para deducir al instante quienes tenían la razón en el contencioso, lo cierto es que todo podía dispensársele a este hombre extraordinario.
Nos recibió de pie en el pórtico de su despacho, alargó la mano para estrechar las nuestras y nos invito a sentarnos. No era tan alto como imaginaba, pero su fuerte personalidad y su mirada intensa cautivaban de inmediato. Ocupó un butacón idéntico y contiguo a los que brindaba, no una poltrona detrás de un escritorio, y nos invitó a que le contásemos los problemas y trabas que nos indujeron a buscar su arbitrio.
Escuchó atentamente, sin interrumpir el hilo narrativo. Salvo para una precisión. O para puntualizar un dato. Su mirada oscilaba de la una al otro y, pendiente de los detalles, se acariciaba el mentón de cuando en cuando. Apenas gesticuló durante aquellos 50 minutos –tampoco olvido lo que duró esa entrevista de cuyo resultado pendían tantas cosas en nuestras vidas–, aunque sabía que, cubano de pura cepa, era dado al braceo y el movimiento postural.
Yo juraría que estaba comprobando lo que ya había sacado en limpio del asunto. Y hoy juro que por ende, otro en su lugar habría tomado las debidas providencias y habría ordenado que nos llamaran y nos dijesen mire vayan a ver a fulano para este asunto, y a mengana, que ella se va a ocupar de esta otra cuestión. No. El quiso vernos, escucharnos, contrastar. Ejercitar más que su inteligencia o su astucia su sensibilidad, sus sentimientos humanos.
Terminamos de hablar. No expresó opinión alguna. En su oficina del Consejo de Estado planearon unos segundos ¿o un minuto quizá? de silencio. Se puso de pie. ¿Eso es todo?, preguntó. ¿No se les queda nada?, insistió. Luego vino el toque magistral de la ancha y franca sonrisa y de la broma que distiende los nervios y aquieta los ánimos: Miren que problemas como estos y charlas como la de hoy no son como para tenerlos todos los días…Y la sentencia: Bueno, a partir de ahora, yo soy el abogado de ustedes.
Dos días más tarde nos llegó el mensaje telefónico. Lugares que visitar, gente para ver. Esto y lo otro era lo que debía suceder. Y una última encomienda de su parte: si algo rompía esa ecuación, no dudar un minuto en llamarlo…No hizo falta. Todo aconteció tal como dijo. Tal como la justicia decretaba y tal como había dictaminado, en consecuencia, nuestro abogado.
Contra lo que muchos pudieran colegir, presidir el Comité de Control y Revisión de nuestro Partido, por tantísimos años, no fue tarea fácil. Aclarar lo que está turbio, dictar tan especiales sentencias, en fin poner las cosas en su sitio con prontitud e imparcialidad es un arte para la que no todos tienen talante y talento. Hay que disponer, además, no sólo de grandes dosis de probidad y pasión, sino además de bondad y sensibilidad.
El Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosquetenía esas cualidades, entre muchas otras. Lo experimentamos personal y fuertemente en ese gesto suyo. Porque si bien para contarlo lo desdoblé en segmentos, fue uno solo que lo pintó completo. Y el calibre de los hombres de verdad, de los excepcionales, se mide así, solo por un gesto.
