
Escribí recién en Bohemia que Honduras es una presencia constante que llena de admiración, pero que duele. Lacera mucho esa Honduras corajuda que a pesar de sus arrojos sigue atenazada por un régimen en el que vemos de nuevo cara a cara lo peor que sufrió la América Latina en el siglo XX.
¿Cuántas muertes más necesitará la Casa Blanca?, preguntaba hace unos días con tino Atilio Borón. Contaba en su artículo el politólogo argentino que el último informe del Comité por la Defensa de los Derechos Humanos de Honduras, CODEH, responsabiliza al presidente de facto y líder de los golpistas, Roberto Micheletti, por “más de 101 muertes extralegales y sumarias perpetradas desde el 28 de Junio hasta la fecha”.
Y claro, ni Borón ni nadie medianamente informado le ha pedido a Barack Hussein Obama que despache hacia esa república centroamericana a sus valientes muchachos rubios de ojos rubios (aunque a las guerras mandan ahora a inmigrantes de pelo negro y ojos marrones) para que le saquen las castañas del fuego a nadie.
De hecho, a Honduras le sobran los casi 700 gringos que desde la base aérea de Palmerola operan un pretendido comando antidrogas que en verdad desarrolla otras múltiples tareas, todas con etiqueta interventora en los asuntos latinoamericanos.
Lo que se le reclamó y se le exige a Obama, Premio Nóbel de la Paz (¡y que Dios lo perdone!, como decía mi abuela), es que aísle y demuestre fehacientemente a los golpistas que la Unión Americana rechaza de plano sus fechorías y crímenes.
Por supuesto, es absurdo reclamarle tal cosa al Pentágono, a las multinacionales, a los organismos financieros… No obstante, pedírselo a Obama sirvió para revelar sin artificios que este inquilino de la Casa Blanca es un político hábil, simpático y carismático, que nos subestima y que es sobre todo, con su talante desenvuelto y sofisticado, la cara y el gesto con que pretenden atemperarnos los que detentan el poder real en Gringolandia.
Pero en esta Honduras que tan intensamente nos llega a diario, lo que está en cuestión es mucho más que la restauración de la democracia y el retorno a la constitucionalidad, aunque pareciera que las cartas en juego no tienen otro objetivo.
Así, mientras los enviados del presidente Manuel Zelaya y del régimen de facto siguen enfrascados en ese diálogo que el país del Norte colocó en el pesebre de otro insólito Nóbel de la Paz, Óscar Arias (por la estrategia gringo-golpista de ganar tiempo), a nadie se le ocurre emprenderla con lo siguiente: cuál será el futuro del país centroamericano.
¿Será Honduras, después de la crisis el país que se empezaba a entrever tras las medidas populares adoptadas por Zelaya, o aquel que diseñó USA a su conveniencia desde comienzo del siglo XX? Y en mi opinión al menos, ese es sin dudas el tema clave.
¿Alguien espera que se logre finiquitar la crisis en razón de las elecciones presidenciales de noviembre próximo? Si existe esa persona, que valore, por ejemplo, que el candidato de las fuerzas populares, Carlos H. Reyes, ya anunció su retiro de la ruleta electoral si el país sigue bajo régimen militar.
En tanto, lo verdaderamente decisivo tras su batalla de 109 días es que la resistencia popular sigue mostrando capacidad, fortaleza, ingenio y perseverancia, aunque crecen las cifras del abuso y de la violencia que, en consecuencia, amplían el riesgo de que una de las naciones más pobres de la región subsista como una suerte de caserío del oeste donde policías, militares y ladrones sigan actuando al margen de la ley y de los derechos civiles y humanos.
Ese pueblo hoy virtualmente insurrecto es el que reitera que en ningún caso aceptará un proceso electoral espurio. Su lucha es por el regreso de Zelaya para que culmine su período el 27 de enero de 2010, sí, pero también por el restablecimiento de una serie de beneficios que las borrascas golpistas arrancaron, por el reingreso al ALBA y a PETROCARIBE, y por la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente que abra espacios al desarrollo político, económico y social de Honduras.
Lamentable e increíblemente, los días siguen pasando y aunque Honduras duele hasta el tuétano, no se vislumbran soluciones reales. Aumenta así el riesgo de que la mal llamada “crisis hondureña” comience a extenderse por la región.